Corre manuscrito. Una historia cultural del Siglo de Oro

Fernando Bouza Ávarez, CORRE MANUSCRITO. UNA HISTORIA CULTURAL DEL SIGLO DE ORO.
Madrid, Marcial Pons Historia, 2001. 20 cm., 359 págs.— ISBN: 84 05379 28 7

El final de la década de los ochenta y el comienzo de la siguiente supuso un nuevo momento en España para el estudio de la lectoescritura. Cabe señalar la publicación en 1988 de los primeros textos de los seminarios de El libro antiguo español —una publicación seriada desde entonces que sigue siendo un valioso referente de los estudios del libro en España—, además de otras reuniones cientí­ficas como el congreso desarrollado en Valencia en junio de 1993, Escribir y leer en Occidente. Enmarcado en este progreso hay que mencionar asimismo otro libro del profesor Bouza, Del escribano a la biblioteca. La civilización escrita europea en la alta Edad Moderna (Madrid, Sí­ntesis, 1992). Desde entonces, la cultura escrita hispana ha sido objeto de mayor conocimiento gracias también a las aportaciones de otros especialistas desde distintas disciplinas, como la paleografí­a, pedagogí­a, literatura, lingüí­stica, historia del arte o antropologí­a cultural. Casi todos ellos, a su vez, han cruzado sus visiones con las nacidas desde las otras perspectivas y se han adentrado en ellas. En el caso de quien a dado a la luz el presente estudio, su trayectoria viene avalada por un reconocimiento internacional, como se comprueba por su intervención en numerosos foros y la reseña de sus sucesivos libros (véase la Révue des Annales).

 
Fernando Bouza se ha definido alguna vez como historiador generalista y, en efecto, lo es, pues al ser un historiador no de estructuras sino de usos y sus circunstancias, en su investigación admite desde la descripción de una saleta del Alcázar madrileño hasta las implicaciones sociológicas de un pastor que encuentra un cartapacio. Pero en cuanto a panoramas de estudio frecuenta en su interpretación tres realidades: una es el Portugal de los Felipes, cuyo conocimiento le ha convertido en el primer lusitanista del modernismo español, como manifiesta su Portugal no tempo dos Filipes. Polí­tica, cultura, representaçones, 1580-1668 (Lisboa, Ediçoes Cosmos, 2000). Otra es la cultura de corte en sus diversas manifestaciones, desde la representación del poder real y su recepción, al estudio de las premisas de comportamiento social e intelectual en este ámbito. La esfera de corte ha tenido una renovada consideración a causa de la excelente acogida del volumen dirigido en su recopilación de estudios por José Martí­nez Millán, La corte de Felipe II (Madrid, Alianza, 1994), en el que el propio Bouza aportó dos textos.

 

El tercer campo de interés perceptible en la historiografí­a practicada por el autor de Corre manuscrito, es el de las formas y expresiones de lo escrito en la España de los Austrias, con reflexiones en torno a los caracteres de la manifestación tipográfica y manuscrita. En este sentido, la tarea del profesor Bouza parece menos orientada a la recreación de pasadas imágenes —se percibe que es un historiador de imágenes pero no solo entendidas como iconos sociales— que al traslado del lector a ellas. Revela así nociones que el tiempo ha desdibujado pues recupera e interpreta, en una historiografía de la memoria que va más allá de lo que se ha llamado microhistoria, todos los registros que han perdurado. Su relación con las fuentes nunca es reverencial  e historicista sino dialógica, de ahí­ su gusto por  recurrir en su exposición al vocabulario de la época. Esa preferencia, que implica la generosidad de no subestimar la formación intelectual del lector, hace que los textos generados entonces y alegados continuamente en el discurso histórico que Bouza va construyendo, hablen por sí mismos y se constituyan en verdaderos iconos de la cultura estudiada.  
 

Poco después de que el profesor Bouza se detuviera a reflexionar sobre diversos aspectos de la transmisión cultural, centrándose en las consecuencias de lo oral, lo visual y lo escrito como fenómeno de expresión no estancado en tres dimensiones sino global (Comunicación, conocimiento y memoria en la España de los siglos XVI y XVII. Salamanca, Semyr, MCMXCIX), nos ofrece ahora, en ocho capí­tulos, una varia lección sobre la significación de lo manuscrito en el Siglo de Oro. Se explica en las páginas de introducción cómo el avance de los progresos de la imprenta ha atraído la atención de los estudiosos que tienen como marco mayor de análisis la difusión del conocimiento y como marco más específico el de lo escrito. Este acercamiento a lo tipográ¡fico ha postergado hasta hace pocos años la consideración del relieve en las sociedades altomodernas de las actividades relacionadas con la escritura y no exclusivamente con la impresión. Se abunda así­ en este libro en los numerosos registros que aporta la escritura, arte natural que no se contrapone al artificial de la imprenta sino que es paralelo y lo completa. Esto se ve en casos como el de los impresos que nos muestran sus marginalia, que a su vez pueden ser de autores que llevarán a las prensas sus textos, en lo que constituye un paso inicial en el proceso de sancionar con letras de molde lo escrito a mano. El original de imprenta está siendo estudiado en la actualidad y refleja en sí mismo la riqueza de la dimensión manuscrita, ya que contiene diversos niveles en la vinculación del autor con el impresor: independientemente de los procesos de elaboración por parte del autor, el original, a veces, está delante de ambos al hacerse la escritura de obligación de impresión; en otras ocasiones el autor se compromete a llevarlo en breves dí­as a la imprenta una vez firmada dicha obligación —aunque se supone que el impresor lo habrí­a visto antes— y otras estaba el autor en la oficina tipográfica al pie del propio original, que tení­a sus claves de legibilidad para el cajista. Muchos de estos registros de análisis de la  escritura eran conocidos hasta ahora de forma inconexa pero no se habí­an observado bajo una mirada amplia en las pretensiones explicativas y detallada en los numerosos casos expuestos, como se hace en la ocasión presente. 

El autor, a través de muchas circunstancias extraí­das de fuentes de primera cita, lo cual es casi metodología normativa en su redacción cientí­fica, nos muestra que seguramente la letra de mano tenga mayor riqueza de estadios interpretativos que la de molde. Según se deduce de los capítulos del libro, va, al menos, de lo público a lo público, de lo privado a lo público y de lo privado a lo privado. En el primer vínculo recordemos para la burocracia los despachos de gobierno, las reales cédulas, órdenes y otros mandamientos; en la segunda la escritura de fe notarial mediante obligaciones, testimonios, testamentos, codicilos, inventarios, poderes, fundaciones de mayorazgos, censos y capellanías, declaraciones, y otros documentos; y, en la tercera, cartas de muy diversa tipologí­a en las que Bouza se detiene, y también recibos, billetes, recaudos, libros de viaje e instrucciones de heredero, por muestra. El autor también es claro al mostrarnos cómo lo manuscrito no equivale a lo privado conforme a cierto típico historiográfico que restring­ía la letra de mano a la correspondencia misiva. En apoyo de esta tesis Bouza recurre al examen de pasquines, sá¡tiras y otros papeles. Aparte estaría la redacción de relaciones y nuevas, de percepción individual pero comunicación colectiva —el autor se detiene a ilustrar esta circunstancia en el capí­tulo IV—, y la escritura literaria, que es a la vez privada y pública en su naturaleza pues se da a menudo el caso de que, escrita en soledad, se hace pública por su difusión, y asimismo, puede volver a hacerse privada por su lectura o seguir siendo pública por la lectura en alta voz, tan frecuente. Lo literario está así­, sin duda, unido a lo manuscrito de manera singular: recordemos, por ejemplo, los cartapacios poéticos o las copias de infinidad de textos de diversa índole literaria, en un fenómeno en el que la mano es activa en lo transmisor tanto para la ejecución (creación/copia) como en lo difusor al correr de mano en mano mediante el alquiler, préstamo, venta y otras tesituras que el autor va desbrozando y que se dan igualmente con el impreso, pero que en el manuscrito tienen particularidades de transmisión. Había, por tanto, quien se hací­a con copias de tal obra estimada cuyos ejemplares impresos eran más raros que las copias de mano y mediante un nuevo traslado que hacía sacar y que vendí­a a excelente precio, podí­a cubrir el coste de la suya, pagar al copista y aún beneficiarse económicamente del proceso. Realidades como esta, que el autor convoca, se produjeron igualmente en el siglo xviii, el del primor tipográfico de los Ibarra y Monfort, lo que no se ha tenido suficientemente en cuenta a la hora de analizar estados culturales. Es el caso del Quod nihil scitur de Francisco Sánchez, impreso en Lyon en 1581 y luego en Rotterdam y Frankfurt pero nunca en España, y que pese a la amplia circulación de los impresos lioneses durante el siglo xvi se hizo difí­cil de obtener en la Península. La copia de 1732 existente en la Biblioteca Nacional de Madrid (Ms. 9325), Nada se sabe, nos dice al abrirla que fue comprada «esta preciosa obra con mucho empeño» en 1780 por 360 reales y que una copia se vendió al marqués de Grimaldi por 500, nada menos.

Bouza va desgranando con otros ejemplos el peso del manuscrito como realidad no solo cultural sino como evidencia social y económica. Para estas últimas apreciaciones basta recordar a los escribanos públicos que cobraban por línea o a los estudiantes copistas que mediante su actividad sacaban para su sustento en Alcalá o en Salamanca. En el capítulo VII se muestra además la importancia de esos panales de la memoria que eran los archivos nobiliarios y otros depósitos de los que estaban ojo avizor linajistas, cronistas, señores, buscadores de argumentos polí­ticos y otros anhelantes de determinados papeles, que tal vez en su interior esperaban vivir lo bastante para poder ver una almoneda de los mismos. Era, por tanto, una mentalidad que asociaba más lo manuscrito al saber, al conocimiento, que lo impreso. Lo manuscrito, de hecho, era propio de lo genealógico pues con frecuencia los genealogistas escribí­an adrede de modo que nadie más pudiera entender los lazos que establecí­an entre familias salvo ellos mismos para servirse en el futuro interesadamente de ese enlace hallado. Era frecuente que los nobiliarios corrieran más manuscritos que impresos al igual que diferentes crónicas, lo que se señala en el libro ya al comienzo, de ahí­ que las copias de algunos nobiliarios sean tan numerosas y que las librerí­as tuvieran espacio propio para los manuscritos. Así­ ocurría con la del duque de Medina de las Torres, posesor en el Madrid de 1669 de unos cuatrocientos treinta (1), o con la del conde de Gondomar, tan mencionado en el estudio, que con el marqués de Astorga tenía préstamo de libros nobiliarios para sacar copias que guardaba en la célebre Casa del Sol vallisoletana.
 
El autor elige con oportunidad las citas que iluminan su discurso. Es elocuente la de Ferreira Gordo, de 1790, que nos manifiesta que contrariamente a la creencia en fracturas culturales, el mundo de pluma y papel dieciochesco no fue tan distinto del anterior: «... mais vale ser copista em Madrid, do que homem de letras ou mau advogado em Portugal» (p. 27). Para lo popular es tradicional ponderar la repercusión de los pliegos sueltos poéticos, la rareza de las ediciones de los sucesivos cancioneros, tan consumidos, y sus variantes de transmisión mediante el cotejo minucioso de los versos de una edición y otra, pero no se ha reparado, y el profesor Bouza lo hace por extenso, en el correr de otras manifestaciones de cultura popular, no ya literarias, sino de vida, como los libelos de vecinos y otras escrituras infamantes (ver el capí­tulo III) que marcaban la vida cotidiana y que podí­an dar lugar a otras escrituras, las de los procesos judiciales, en una mentalidad social altamente pleiteante. Estos libelos infamantes que exhuma Bouza a buen seguro no dejan de tener interés literario, pues en ambientes rurales de honra podí­an dar lugar a tragedias locales con asesinatos de por medio que engendraban a su vez romances, coplas y coplillas que corrí­an y se cantaban. No pocas veces los propios libelos nací­an con una deliberada voluntad literaria.

 
Las exigencias de Alonso de Morata, escritor de libros litúrgicos y estante en el Toledo de 1583, que cobró a cuenta la cifra de cuatrocientos reales por dos misales, las de Juan Criado en la Salamanca de 1552 para escribir y rubricar un dominical alegando que solo tenía la mente y las manos, o las de los responsables de asentar la enorme biblioteca del arzobispo Garcí­a de Loaysa en el Madrid de 1599, que consiguieron una subida de su salario diario (2), dan idea de la presencia cotidiana de la cultura de mano y de que lo tipográfico era una realidad capital pero ni mucho menos excluyente. Ejemplos similares a los referidos se ofrecen en este estudio de modo significativo. Otra cosa era el uso general de las letras y quién las lucí­a, como se ve en la conocida diatriba quevediana del Sueño del infierno. Es previsible que este libro de 2001, por la variedad de planteamientos para la literatura, polí­tica y otros contextos ayude a marcar nuevas perspectivas y sea asimismo no solo placer de lectura sino guí­a para investigaciones.  Por cierto, se nos dice al acabar la introducción que el manuscrito del libro ha sido dado a leer, dato, sin duda, nada intranscendente.


La presentación del libro tuvo lugar el dí­a 14 de diciembre en la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» y contó con la intervención de  los profesores Pedro M. Cátedra, Roger Chartier y Manuel Sánchez Mariana.

 
            Notas:

 

(1) Archivo Histórico de Protocolos de Madrid (AHPM): protocolo 8181, f. 38v, se indica la disposición  topográfica de la biblioteca, formando los manuscritos rombo en la pared, pero es lástima que no se señalen tí­tulos. Contaba además con 4700 impresos amén de mapas, esferas y otros objetos. Hoy se localizan muchos ejemplares, encuadernados en tafilete rojo, en la Biblioteca Nacional, la Lázaro Galdiano y otras.

 

(2) Archivo Histórico Provincial de Toledo: protocolo 1915, ff. XXXVIIv-XXXVIIIv para Morata, Archivo Histórico Provincial de Salamanca: protocolo 3719, ff. 447-447v para Criado y AHPM: protocolo 1811, vol. IV, f. 1709 para la librería de Garcí­a de Loaysa, rica en manuscritos griegos como se señala en el libro, ver p. 47, n. 78

 

 

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