Signes Codoñer, Carmen Codoñer Merino, Arantxa Domingo Malvadi, Biblioteca y epistolario de Hernán Núñez de Guzmán (El Pinciano). - (Bravo García, Antonio (Universidad Complutense de Madrid))

Juan Signes Codoñer, Carmen Codoñer Merino, Arantxa Domingo Malvadi, Biblioteca y epistolario de Hernán Núñez de Guzmán (El Pinciano). Una aproximación al humanismo español del siglo XVI, (Nueva Roma 14), Madrid, CSIC, 2001.— 24 cm.— 558 págs.— 24 fot. b.n.— ISBN 84 00 07861 6

 Antonio Bravo García (UCM)

                                  

La publicación de este libro constituye un acontecimiento de interés para los estudiosos de nuestro humanismo; se trata de un libro que tiene que ver con los fondos de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca (BUS) pero también con los de la Real Biblioteca de Madrid (RB), la Biblioteca Nacional (BNM) y algunas más. La figura de Hernán Núñez de Guzmán (c. 1470/5-1553), conocido como el Pinciano y el Comendador griego, resulta familiar a los investigadores ya que fue catedrático de Salamanca entre los años de 1524 a 1548, trabajó en la Universidad de Alcalá en torno a 1513 colaborando en la Biblia Políglota Complutense, estuvo en Italia en dos estancias y publicó estudios críticos de importancia sobre Séneca, Pomponio Mela y Plinio, amén  de una conocida colección de refranes. 

La primera parte del libro (pp. 1-146) es obra de Juan Signes, quien se encarga de trazar una historia de la formación de la biblioteca del Comendador griego y su donación a la BUS. Sin perder de vista los estudios precedentes de autores como Antonio Tovar, Gregorio de Andrés y otros, analiza primero una serie de manuscritos e incunables (son ocho) que llevan  su exlibris y fueron adquiridos mayoritariamente en Bolonia; de esta serie tan solo cuatro de ellos se conocían, siendo las nuevas identificaciones los incunables de la BUS 288,  de la RB I/3,  el I/283 de la UCM y un manuscrito de Jenofonte (RAH Ms. 9/2170). Estudiando después el fondo griego de la BUS, demuestra Signes la bondad de la vieja hipótesis de Tovar para quien la mayor parte de sus manuscritos pertenecieron a la biblioteca de nuestro humanista y pasa revista a diversos argumentos que explican esa escasez de manuscritos griegos de la BUS antes de la llegada del Pinciano. Está claro que los cinco manuscritos griegos de ella que fueron de Lianoro Lianori, profesor de Bolonia, más el de la RAH ya citado, pertenecieron al Comendador, que los compró en Italia, y también fueron suyos algunos más que llevan marcas de posesión de otros personajes y no fueron comprados nunca por la BUS, de modo que, una vez más, se hace patente que los manuscritos griegos de esta biblioteca universitaria «proceden del Pinciano en su práctica totalidad».

¿Cómo llegó a ella el grueso de su biblioteca? Nuestro humanista comenzó por pedir en 1548 al claustro que se le jubilase en la cátedra de Retórica y solicitó también en este año obtener lo mismo pero de su segunda cátedra, la de Griego, ofreciendo a cambio, en este caso, su biblioteca, que valía «cerca de dos mil ducados». No  entraremos en detalles; la BUS confeccionó un inventario de todos los libros de nuestro humanista, que habrían de ser suyos cuando muriese este, pero lo cierto es que ese documento se ha perdido, de forma que reconstruir ese fondo es la tarea a la que se aplica Signes desplegando una  admirable maestría tanto en sus razonamientos como en su información.  Establece que, de los cuarenta y cuatro manuscritos griegos del fondo antiguo, el exlibris que la Universidad le puso a la donación está en todos menos en cinco (que son copias de Nicolás de la Torre adquiridas tras la muerte del Pinciano) más otros dos por razones diversas, de modo que los treinta y siete restantes proceden de la colección del Comendador. Tienen, además, este exlibris, tanto los manuscritos copiados total o parcialmente por el propio Pinciano como todos los anotados por él aunque hay algunos no anotados que, sin embargo, llevan también el exlibris (cuestión estudiada por Signes con detalle). Aparece este también en los manuscritos latinos que fueron del Pinciano y en sus incunables e impresos posteriores a 1500. Se encarga Signes igualmente de estudiar otras marcas de propiedad del Pinciano y sus libros conservados en otras bibliotecas (pp.53-66), comenta el testamento, analiza exhaustivamente las encuadernaciones de sus libros (pp. 77-99) y, entre otras cosas más, se ocupa de aclarar qué libros ordenó comprar nuestro humanista para la BUS (si eran o no duplicados de los suyos y si es posible que retuviese algunos de los comprados con fondos universitarios entre los suyos propios, cosa que parece rechazable). Termina esta parte con un detallado estudio de las anotaciones del Pinciano en las hojas de guarda de sus libros (pp. 117-146).  

Se encarga Carmen Codoñer, en la segunda parte (pp. 145-218), de estudiar las anotaciones marginales del Pinciano en sus manuscritos e impresos. Parte de un análisis sumario de su letra, de la configuración de los propios marginalia y su ubicación en los márgenes, del análisis de los signos de reenvío o de otra clase utilizados y para mientes en los casos en que hay otros anotadores anteriores o el propio Pinciano vuelve una y otra vez sobre la misma página. En conclusión, afirma esta investigadora que las «anotaciones son más numerosas en los impresos que en los manuscritos, lo cual pudiera significar»  —véase p. 150—  «un mayor respeto hacia estos últimos —su valor económico es indudablemente superior—, aunque esta norma no deja de tener sus excepciones». Pasa luego a indicar que los autores mencionados por el Comendador en sus anotaciones son unos cien (recogidos en el índice 3.2) y llama la atención sobre una serie de considerandos metodológicos y observaciones que no es ocioso tener en cuenta (por ejemplo, que «cuando se suma una mención concreta del libro y capítulo en que se encuentra el paralelo temático, las posibilidades de posesión o, cuando menos, de buen conocimiento de la obra se incrementan», mientras que la mención exclusiva del libro no es suficiente [p. 164]).

Se pasa  de inmediato a un pormenorizado análisis de las fórmulas que suelen aparecer en estos marginalia y se le asignan valores. Por ejemplo, a propósito de la fórmula «pro», es decir, casos como el del incunable 321 de la BUS (Homero), donde aparece nota pro Apollonio Discolo, Codoñer afirma lo siguiente: «la repetición de esta fórmula precediendo al nombre de un autor la creo sintomática, no solo de haber poseído el libro que sirve de base a la anotación, sino de haberle prestado una especial atención [...] Estas anotaciones van encaminadas, evidentemente, más que a la comprensión del texto anotado, al esclarecimiento de pasajes concretos de los autores a los que va antepuesto el pro», autores probablemente leídos en clase y objeto de comentarios (p. 166).  Por lo que se refiere a otra de las fórmulas, «ex/hinc», indican estas notas «la procedencia de la información y casi siempre van referidas a datos existentes en el texto, sobre los que el Pinciano añade la fuente, bien del texto comentado, bien de la variante ofrecida por él» (p. 167). El análisis de estas fórmulas —mucho más que un  estudio morfológico de los marginalia— prosigue en este sentido y vale la pena mencionar una reflexión (abstracta en su formulación pero que atesora ricas observaciones prácticas) como la que sigue: «el incremento de posibilidades de que el ejemplar de un autor citado y utilizado en los márgenes y no localizado haya pertenecido al Pinciano es mayor cuanto menor sea la afinidad entre el texto comentado y la obra de la que hace uso para las observaciones marginales» (p. 170).

Pero ¿para qué sirve todo esto? Aparte de ser una descripción del proceder filológico de nuestro humanista en sus castigationes, Carmen Codoñer utiliza su pormenorizado análisis con vistas a reconstruir lo que pudiera ser la «biblioteca virtual» del Pinciano, es decir, los otros libros que, a tenor de sus marginalia, es casi seguro que manejó (fuesen o no suyos). Los resultados son de gran interés; como ejemplo, mencionemos aquí que en el impreso 34.553 de la BUS (Esquines) hay una nota al Sobre la falsa embajada 28 en la que se dice, tras la lectura en griego añadida, «sic est in codice emendato»; «esto nos lleva a postular otro ejemplar de este autor en manos del Pinciano», deduce Codoñer (p. 188). De otros muchos autores o traductores puede decirse algo parecido con solo leer e interpretar estos marginalia que la profesora de Salamanca ha estudiado tan concienzudamente.

Ocupa la tercera parte del libro (pp. 219-421) la correspondencia del Pinciano (en latín y español), de cuya edición y comentario es responsable Arantxa Domingo. Cierto es que, como ella misma señala, muchas de estas cartas (son setenta y dos las recogidas aquí entre las escritas por el Comendador o dirigidas a él) habían sido ya publicadas; pero de lo que se trata ahora, fundamentalmente, es de hacer una nueva transcripción «y eliminar los errores y malas lecturas que contenían las ediciones existentes, comentarlas y darles una ordenación cronológica» (p. 219); «aporto el texto íntegro de todas las cartas conservadas» —se nos dice en p. 257—; «además de las cartas ya editadas por Ustarroz y por Beltrán de Heredia, incorporo aquellas que fueron excluidas de su edición» (que son nada menos que dieciséis). Se editan, por  tanto, una carta de Lucio Marineo Sículo al Pinciano (1), dos de este a Juan de Vergara (2-3), tres de López de Villalobos (4-6), sesenta escritas a Jerónimo Zurita (7-67) y otras escritas por Juan Ginés de Sepúlveda (68-72) a nuestro humanista. Dejando a un lado lo acertado de los criterios de edición (pp. 257-8) y el ímprobo esfuerzo llevado a cabo para fechar las cartas, es de destacar la gran cantidad de información sobre el humanismo español de la época que, completada por las notas y el glosario de personajes citados en ellas (son cincuenta y tres; véase pp.379-421), se ofrece al lector. 

Señalemos, por ejemplo, la referencia del Pinciano a los conflictos que tuvo en Alcalá tras el fracaso de la revuelta comunera (2, p. 265), carta por la que sabemos también que Juan de Vergara tenía en su poder un manuscrito de Arquímedes, copiado de su propia mano de otro códice que era, tal vez, de Demetrio Ducas, el colaborador de Aldo Manucio que había trabajado en Alcalá a partir de 1513 ayudando en la Políglota. ¿Tendría este último manuscrito algunas notas de la mano de Ducas? La cuestión no carece de importancia ya que no se conoce todavía con seguridad su escritura. Nos enteramos por la carta 12 de que el obispo de Coria, Francisco de Mendoza y Bobadilla, poseía un epítome de Dión Casio (hecho por Juan Xifilino), manuscrito (BN 4.714) procedente de Italia (véase p. 285, n. 98), del cual el nuncio Giovanni Poggio mandó hacer dos copias: una para él (el actual Escurialensis Y.1.5, que fue propiedad de Honorato Juan) y otra para el Comendador quien, a su vez, hizo una tercera. «Probablemente» —escribe Domingo en su erudita nota— «la copia que se conserva en la BUS Ms. 33 (olim 1-2-2) haya que identificarla con la minuta que le pasó el nuncio Giovanni Poggio. El Escurialensis R.I.9 conserva en ff. 38-183 una copia del Xifilino con notas del Pinciano.

La afirmación del Pinciano (12, p. 284) de que, mientras tenía el nuncio el manuscrito en su poder, «acertó a tener en su casa un grande escribano en lengua griega y hombre de la nación, y mandóle hacer dos traslados de él», mueve sin duda al lector a interesarse por quién pudo ser el copista del que se habla y servirse para ello de la información suministrada. Aclaran estas notas no poco y plantean, pues, al tiempo, nuevos problemas al investigador que las lee. Son muchas, además, las referencias a la actividad de los libreros de la época, al precio de los libros, a los servicios que prestaban constantemente los recueros y, claro es, a la propia tarea filológica del Comendador o incluso a ciertas molestias inherentes, a veces, a la actividad de profesor; escribe nuestro humanista (42, p. 330) que «como tengo tan perdida la memoria, ni sé si lo torné [un libro del que se trata en la carta] a la librería ni si me lo hurtaron. Porque decir a v.m. por cuántas vías y formas me han hurtado y hurtan libros cada día, nunca acabaría». En varias ocasiones, finalmente, polemiza la autora con otros editores o estudiosos a la hora de fijar la nueva fecha de una carta.

La cuarta parte de este estupendo libro (cerca de 140 pp.) está dedicada a una serie de apéndices e índices de cuya utilidad dará idea su enumeración. Contamos en primer lugar con una selección de noticias de los libros de claustros y de cuentas de la Universidad de Salamanca, así como con el testamento del Pinciano y sigue a ello, como segundo apéndice, un listado de sus obras. El primer índice (1) recoge los libros que fueron propiedad del Pinciano o anotados por él: se enumeran los manuscritos, incunables e impresos antiguos (BUS) así como los conservados en otros lugares (RAH, RB, BNM, UCM, El Escorial) o de propiedad particular (en este último caso hasta se recoge una erudita descripción procedente de la casa de subastas Reiss & Sohn, escrita por D. Harlfinger). Viene detrás un índice (2) de autores mencionados en los títulos de los libros citados anteriormente, que es seguido por otro (3) de autores citados en las cartas con relación a problemas textuales. Otro índice de autores y títulos de los libros perdidos del Pinciano (4) nos informa de los manuscritos (autógrafos o no), impresos u obras en soporte no identificado que alguna vez fueron de su propiedad.

Datos codicológicos sobre los volúmenes que le pertenecieron da el listado de encuadernaciones (5): las originales de la biblioteca del Pinciano, las realizadas en piel vuelta sobre tablas para la BUS en 1553, las en pergamino de los siglos xvii-xviii y  las hechas en pasta moderna de los siglos xviii-xx, y a este siguen nuevos índices que contienen signaturas (6 y 7). Los personajes de la época van  a continuación (8) y siguen las equivalencias entre la signatura de las cartas y el número de la presente edición (9) y algún otro índice más. Se termina esta parte, utilísima para el investigador, con una bibliografía y veinticuatro láminas (encuadernaciones, exlibris, autógrafos y glosas). En resumen, el libro que aquí presentamos es obra de muy recomendable lectura para quienes se interesen por el humanismo español  del  siglo XVI.

 


 
 
 

 

 

 

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