Colección de incunables de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; Humanismo e imprenta incunable: lecturas arbitrarias y conclusiones aleatorias.
Reseña

Francisco García Craviotto, Colección de incunables de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 2007
Carlos Clavería, Humanismo e imprenta incunable: lecturas arbitrarias y conclusiones aleatorias. Con un capítulo final sobre los Países Bajos escrito por Erasmo, Barcelona, Edicions de l’Eixample, 2009
La reunión de estos dos títulos en una misma página es una disculpa para reflexionar brevemente sobre la varia fortuna del esfuerzo intelectual impreso. Dicho menos vagamente: cómo el cuidado –o la incuria– puesto en la edición de un libro puede afectar a la recepción del contenido. Ambas obras comparten el interés por documentar los primeros años de la imprenta y exigen de sus autores conocimientos bibliográficos, filológicos e históricos que quedan fuera de esta especulación. Las consideraciones que siguen son de orden material –un aspecto por otra parte tan recurrente entre los incunabulistas– y podrían aliarse con la juiciosa sentencia de Juan Ramón Jiménez: «en edición distinta los libros dicen cosas diferentes». Y cabría concluir que la diferencia siempre corre a favor del libro cuando su edición es cuidadosa.
El catálogo de García Craviotto describe el fondo de incunables conservado en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, una colección de cuarenta y seis ejemplares, en su mayoría legados a la institución por don Francisco de Cárdenas. Nacido en Sevilla (1816), este jurisconsulto, bibliófilo y ministro de Gracia y Justicia durante el reinado de Alfonso XII, reunió una biblioteca de casi diez mil volúmenes. Supo alternar la vida política y diplomática –fue embajador en París y ante la Santa Sede– con la actividad intelectual. Dejó numerosas publicaciones y fundó la Revista Andaluza y El Conservador en 1839, El Derecho en 1844 y El Derecho Moderno en 1847. Hasta 1846 fue director de El Globo. El 3 de noviembre de 1872 ingresó en la Real Academia de la Historia y a su muerte en Madrid, el año de 1898, había sido también durante décadas presidente de la Academia de las Ciencias Morales y Políticas. No son más que unos datos biográficos sobre el antiguo posesor de los ejemplares descritos por Craviotto, una información elemental que, inexplicablemente, el editor del catálogo decidió suprimir aun cuando el incunabulista la tenía redactada por más extenso y con más pertinencia de lo expuesto aquí. No cabe hablar de descuido porque la omisión no era despreciable y porque esta labor de demolición también alcanzó a otro apartado de los preliminares, unos «apuntes históricos de la imprenta incunable», que ocupaban sus buenas páginas y no serían fácilmente invisibles. No se descuidó, sin embargo, la inserción de un prólogo ajeno al autor del catálogo que bien merecía haber padecido la misma pasión cisoria que ha condenado a la ignorancia a sus dos previstos vecinos.
El libro es generoso desde la primera página en esos albedríos sin justificación editorial posible, a menos que se considere que el capricho y la arbitrariedad son un fundamento perseguido con admirable eficacia por los editores del volumen. Basta una enumeración que asombra por su grave naturaleza: en la primera entrada, Logica, seu Commentarii super artem veterem et novam Aristotelis de Alberto Magno se ha omitido el pie de imprenta (Venetiis, Johannes et Gregorius de Gregoriis, 15 jun. ; 29 sept., 1494). Al fin y al cabo no era más que una línea. Falta también en los registros bibliográficos toda referencia a la bibliografía descriptiva –un requisito que es poco menos que una garantía de autencidad en los catálogos de incunables–, una mención que, inexplicablemente, se ha relegado a las páginas finales del catálogo, reunida bajo el epígrafe «Correspondencias de repertorios». Hain, Goff, Copinger, Haebler, el GW –no hará falta añadir más– han quedado desligados de la bibliografía general. La única que aparece vinculada de manera más directa con los ejemplares es la que se relaciona al final de cada registro, una bibliografía comprometida exclusivamente con cuestiones que involucran al aparato de comentario sobre el autor de la obra y su recepción, no sobre la edición concreta que se describe. Por lo demás, en ningún sitio se ha desarrollado esa bibliografía citada abreviadamente, una convención que no exime de su exposición completa en un índice bibliográfico que nos libre, a los menos iniciados, de postular título cabal a Flodr, Klebs o Sander.
Aún quedan más enojos, que se dirían pequeños frente a los agravios ya citados: figuran en esos mismos índices de correspondencias entradas aludidas como 7b y 42b inexistentes en el cuerpo del catálogo; tampoco hay identidad posible para un 7a al que se remite en las páginas 455, 462 y 466 –en diversos índices– ni para un 42a a la altura de la página 469, porque no se tuvo en cuenta la reorganización numérica de Craviotto que convirtió a 7a en 8 y a 42a en 44. Valdría decir porque no se tuvo en cuenta a Craviotto, sin más. Para cerrar estos despropósitos diremos que como índice general del volumen se ha compuesto lo que vendría a ser un catálogo abreviado de la colección de incunables de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que ya aparece debidamente colocado entre las páginas 472 y 477 del volumen.
Cuando se edita con este rigor, lo de menos ya son las erratas, por irritantes que sean en un texto de intención científica. Y hasta parecerá un capricho exigir cabeceras en las páginas que nos permitan saber qué obra se está describiendo y comentando en cada momento. Porque el repertorio preparado por Craviotto pretendía ir más allá del censo descriptivo. El catálogo presentado alfabéticamente por autor, en la tradición del Repertorium bibliographicum de Ludwig Hain y del Gesamtkatalog der Wiegendrucke, hace lo que puede hasta donde le han dejado. De haberse respetado la voluntad del autor, el catálogo transmitiría el equilibrio que ahora se echa en falta entre la exigencia del proyecto y su resultado. La noticia de cada ejemplar consta de los siguientes apartados: 1. Descripción del incunable; 2. Particularidades del ejemplar; 3. El autor y su obra; 4. Pervivencia y rareza bibliográfica; 5. Tradición manuscrita y ediciones modernas. 6. Bibliografía. Sin duda un plan admirable en el que se pretenden conjugar aspectos de bibliografía descriptiva con conclusiones sobre historia textual. Y un proyecto que toleraba ese rigor porque se trataba de describir un fondo modesto, complaciente con la demora en esos aspectos derivados que van conformando la historia del libro. Puestos a pedir, en un catálogo de incunables habría sido de mayor provecho ofrecer noticias sobre el impresor o sobre la actividad de su taller antes que sobre el autor del libro. Para eso hay otros ámbitos bibliográficos menos especializados o concebidos para otros fines más comprometidos con la historia cultural que con la bibliográfica. Pero son de agradecer los apartados dedicados a informarnos de la pervivencia y rareza bibliográfica de una obra así como a la reconstrucción de su fortuna editorial hasta nuestros días. En cualquier caso, predomina siempre la impresión de las buenas intenciones sobre los resultados.
Una última molestia: todos los propósitos se ven entorpecidos por dos miserias que condicionan perennemente la percepción de lo escrito. La primera es la abundancia de erratas, una torpeza que supone una insuficiente corrección de pruebas de imprenta por parte del encargado de la edición, si es que se resuelve exonerar al autor de esa deuda con lo escrito, o –lo que parece más probable–, si se decide eliminar directamente ese engorro de corregir lo escrito y altruistamente se priva al autor de la molestia de hacerlo. La segunda ingrata compañía de este libro es la puesta en página, a la que se añade una desafortunada elección de fuente gráfica que convierte al Catálogo de incunables de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en un producto visualmente más cercano al trabajo escolar o al de un principiante en cuestiones de edición, que al aspecto de obra rigurosa que conviene tanto al contenido de un catálogo especializado como al respeto por la obra de un reconocido maestro de la incunabulística. Si algo sugiere el manejo de este catálogo es un sentimiento de indignación. Las horas de don Francisco García Craviotto habrían requerido de un editor mucho más caritativo con su esfuerzo.
Una impresión totalmente opuesta procura en cambio adentrarse en el Humanismo e imprenta incunable de Carlos Clavería. Se trata de un texto de eminente intención divulgativa pero nacido de una voluntad comprometida con la belleza del contenido, el equilibrio de su disposición formal y el buen gusto. A diferencia de Craviotto, Clavería encontró quien supiera hacer buena su empresa. El libro se recibe así como un regalo, una amena indagación para apasionados de la primera imprenta que hace de la veleidad su virtud porque puede, entre otras cosas, gracias al cuidado con que ha sido impreso el libro. Esa confianza en el envoltorio anima al atrevimiento y bien podemos deducir que tildar de arbitrarias a las lecturas que inspiran esta prosa de Clavería y de aleatorias a sus conclusiones es una temeridad que se asoma al título porque cuenta con el respaldo de una edición solvente. Poco importa que lo dicho pueda rastrearse en otras fuentes bien acreditadas y más accesibles que esta exposición, diríamos, Claveríae et amicorum, limitada a doscientos cincuenta ejemplares. Lo que aquí se nos enseña es que las buenas obras empiezan por uno mismo, por darse contento aireando lo que a uno le conmueve y le inclina, el amor por los libros bien hechos y el respeto por un arte, el de poner palabras en letras de molde, que sigue siendo una gratísima fuente de satisfacción cuando se hace decentemente. Menos es más siempre que se obra con respeto por la forma.
Termino con una sentencia que Clavería, lector arbitrario, pone en boca de Erasmo de Rotterdam. Esa atribución bien le vale el título de fabulador con tino. Y puestos a la tarea de fabular juiciosamente, ojalá estas palabras lleguen a oídos de quienes deben cuidar del buen aspecto de los libros que otros escriben: «A todo esto Winckle me llama afectado y presuntuoso, como si los adornos en la escritura envilecieran el pensamiento en lugar de elevarlo. Solo sé responderle que es más clara y concisa la belleza que la intransigencia».

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