Ausencias / Pablo Andrés Escapa - (Andrés Escapa, Pablo)
Cuento

Varados bajo las estrellas, que parecían sujetas a la misma quietud que nosotros en sus remotas mareas celestiales, no nos quedaba otro recreo que emplear la noche en confundir el cielo con el mar. Y no crean que andan tan lejos uno del otro cuando la misma calma los gobierna. No hay en el mundo espejo más grandioso que el de los océanos dormidos. En su cuenco cabe entera la bóveda de las constelaciones y nunca como en ese sueño pacífico de las aguas podrán tocarse tan fácilmente las estrellas con los dedos, rozando el mar. Entonces se desfigura por un momento el cielo, y quién sabe si en la altura tiembla también el aire sobre los Gemelos o se agita un pájaro en la Polar. Lo cierto es que, incapaces de hacer jornada por falta de viento, estábamos inmóviles sobre un cristal de estrellas, cada uno perdido en sus pensamientos y acaso todos alumbrando navegaciones y regresos, que es la figuración más requerida entre navegantes suspensos por falta de mar. Hambrientas, pues, las velas de remolino que las hinchara alegres, y melancólica la quilla de próximas espumas que cortar, lo único que había de conmover el marasmo de la noche eran nuestras vacilaciones. Pero tan calladas las llevaba cada uno, por más que pudieran estar todas prendidas de la misma lejanía, que ni su secreta hermandad bastaba para que resucitase el viento sobre la lona y partiéramos en volandas a enhebrar olas.
 
Hasta que vinieron los corazones a mudarse, que también iban dormidos, por obra de una voz, la de Rinaldo Genovés, que se alzó muy blandamente en un cantar. Aquella música, enredándose hacia lo alto por el palo de mesana, saltando al mayor y regresando por el trinquete como un reguero dulce a los oídos, nos hizo levantar la vista para ponerla en la boca vibrante del cantor. Y Rinaldo Genovés, que entonaba con los ojos cerrados, los abrió entonces para suspender la melodía y preguntar: «¿nadie sabe qué noche es hoy?».
 
No hacía falta que dijera más. Cuando Rinaldo Genovés, que nunca pronunciaba una palabra sin necesidad, daba pie a algún coloquio, ya estábamos todos dispuestos a escuchar con atención. No había otro en el barco, y me atrevo a decir que en toda la derrota nuestra de Cádiz a Manila, que tuviera mejor arte que él para contar. ¿Y quién se resiste a una buena historia en medio del mar, una noche sin viento y con las estrellas quietas, como si también ellas estuviesen pendientes de la fábula? Rinaldo era fantasioso pero reservado, y muy medido en el hablar. Cuanto más envolvía el cuento en prodigios y parábolas, menos porfiaba en jurar que era verdad lo que decía. Para él lo era y algo en el temblor de la voz y en los viajes de las manos, que unas veces parecían echarse al vuelo para ir con las palabras y otras recogerse hasta hacerlas regresar, ponía como en pintura todo lo que contaba, y tan presente como resulta sobre un suelo de tabla el parlamento antiguo que resucita un buen actor. Quizá por ello lo escuchábamos con ese respeto que solo se reserva a los que, o levantan el discurso por venturas, o prefieren callar. La propia historia de Rinaldo no era mala, y acaso de su experiencia le viniera la vocación de poner la vida en lenguas, que sabía más de una docena, pero haciéndolo siempre en voz muy baja, como pidiendo mucha aplicación y cercanía para atender al cuento.
 
De Rinaldo sabíamos poco, lo poco que contó el día que se lo robamos al mar izándolo a bordo: había salido de Génova –dijo– por amores contrariados, que le faltó atrevimiento para declararse y hacerlos firmes, y había rodado por medio mundo con esa ausencia en la memoria sin dejar un solo crepúsculo de decir en alta voz el nombre de la dona bien querida. «Como quien da las buenas noches» –terció el señor Basilio, que había bajado de la botavara por escuchar al náufrago–. Y aquella letanía de cada atardecer trajo su efecto cuando bien podía pensarse que ya la decía por decir, que habían corrido siete años desde la vez primera que los labios la invocaran, todavía con Génova en el horizonte y con la hermosa cerrando una ventana ya para acostarse. «Hasta hoy –nos explicaba Rinaldo recién subido a bordo, envuelto en una manta y con el pelo todavía goteando sal–, que sentado en la punta de Cavite mezclando el pensamiento con las olas, vi pasar un barco que llevaba escrito en la proa “Armida” con letras blancas como la espuma. Y el valor que me faltara en Génova al pie de una ventana, vino de golpe a reventarme en el pecho siete años después, como rompía el mar con furia entre las rocas. Y así me eché a bracear hacia la nave llamándola por su nombre». De modo que sin otras noticias de las idas y venidas de Rinaldo por el mundo, todos entendimos que nuestro barco y aquella doncella genovesa que él no se cansaba de nombrar, respondían por igual y
que Rinaldo se abrazó al cabo que le echamos por la borda como si al fin lo recibieran los brazos de Armida tendidos desde su balcón.
 
«¿Pero es que nadie sabe qué noche nos guarda?» Insistió el Genovés, porque allí seguíamos todos mudos bajo las estrellas. Echó la vista a la redonda y fue paseándola en orden por el señor Basilio, con su pipa siempre atravesada, por Roque el timonel, hombre de muchos empeños, y por los hermanos Caristeas, que tocaban el clarino a dúo llegando la pascua griega, por Juan Lim, buen filipino y mal cocinero, apoyado junto a mí en el respaldo de un barril de salazones que teníamos al fresco, y por Xan Gaitarro, vigía en la serviola y echador de cartas si no había quehacer, hasta dejarla quieta sobre el grumete, un rapaz soñador que siempre andaba con un gato pinto en el regazo. «Hoy es Noche de Reyes», declaró al fin. Y luego dijo, bajando algo la voz: «por eso está el mar tan dormido».
 
Nadie se atrevió a interrumpir la confidencia recién iniciada para que Rinaldo Genovés no dejara ya de hablar. Y viéndose él tan atendido, que hasta la pipa del señor Basilio contenía el humo, en seguida echó las manos al aire, como dos abanicos que aletearan arropando el vuelo de la voz. «Esto que voy a decir», empezó Rinaldo alzando un dedo advertidor, «pocos lo saben». Y siguió con esa manera antigua de contar que parece nacida para hacer al que escucha digno de oír hasta lo que se calla.
 
La noche que los tres señores de Oriente hicieron junta sobre unas arenas tan doradas que parecían polvo derramado de la estrella de Belén, soplaba terrero, que en las soledades de Arabia llaman shamal. Apenas podía darse un paso sin ahogo, tanta era la tormenta. Acabó el cielo borrando su figura y los tres llegados perdiendo la estrella que ponían por gobierno de sus pasos. A costa de dar la espalda al viento acabaron junto al mar, en ribera vacante de ventisca y con un horizonte donde extraviar los ojos sin estorbo. Por encima de las tres cabezas coronadas, que estos señores tienen por decoro antiguo no descubrirse jamás, la gaviotería cursaba sus embajadas alegres bajando a conferenciar con las espumas.
 
Hallaron puerto seguro a poco de andar y entre aires de brea y redes recién puestas a secarse, fletaron los tres señores una nave, que se la prometió volandera un comerciante sirio de alfombras en una taberna de mucho trajín. Pagó el señor Gaspar, que llevaba comunes los caudales en una bolsita de rafia muy lucida, rematada en una horquilla de esmalte, con las armas de los tres linajes.
 
Partieron los Reyes muy discretos ya de oscurecida, por mejor guiarse a la luz de las estrellas. Y pronto triunfó la suya sobre todas, que por ella navegaron acostándose en la bonanza del levante que soplaba. Nueve jornadas felices hicieron tan cabales señores, departiendo muy versadamente de cometas, turbantes y destinos. Mas el suyo, escrito tal vez sobre un lucero en el que no quisieron reparar, había de ser el de servir de juguete a las olas en la décima jornada de marinería. Volvió el huracán y trajo a su estela nuevo derrumbe de los cielos, que hicieron aguas. Bien se probó la nave en mar lleno de furias pero más parecía dada al pique que al vuelo prometido. Entre espantables ondas que barrieron con su lengua la cubierta hasta seis veces, deliberaban sin perder la calma aquellos tres pacientes sabedores. Y digna era de elogio la parsimonia que los inspiraba para no resolver con precipitación, arruinando la piadosa embajada que llevaban. Y así acordaron que lo más sensato era prolongar la derrota de Belén bajo las aguas, que a ninguno de los tres les era ajena la ciencia del cabotaje submarino, de la que tenían cumplida noticia por haber leído en Aristóteles y en el Milesio con mucho aprovechamiento.
 
«Bajo el agua –advertía Rinaldo después de una pausa–, el tiempo es otro». Y luego mecía las manos y tecleaba con los dedos, al modo de unas algas a merced de la corriente. «Se vive y se razona como en un sueño», prolongaba la persuasión con aires de fascinar extraviando la mirada. Dormida, pues, dejaron la nave sobre fondo de arenas blancas y echaron a andar con mucha gravedad, como corresponde a reyes náufragos. Iba don Melchor delante aunque con paso algo caviloso por la duda que le cercaba el pensamiento. Y no era otra que la de ignorar o la de acogerse a lo que ofrecía la ocasión, que era pagar visita a un amor antiguo con el que tuviera correspondencia muy floreada de galantes cortesías. Y en pensar si debía o no debía, quiso la providencia resolver los titubeos poniéndole al borde del camino a dona Micaela, destino de aquellas tan antiguas cartas, la cual se estaba encima de una roca mirándose en un espejo, sentada sobre su cola y muy distraída dejando correr el peine melena abajo, como suelen las de su nación. Por el borde del espejo se colaron, como de puntillas, los tres señores en la pupila de la que se miraba. Y a los tres conoció por el perfil, que no pocos deleites había ella pasado mirándolos y remirándolos en tres monedas que el servicial Melchor le enviara por festejar con cuña de oro un centenario de amistades. Mucho celebró aquella ondina la discreción del trío cruzando los salones de su casa, y sin dejar de estirarse la melena los llamó por sus nombres, celebró la visita y les hizo sentarse un momento mientras acababa. Solo entonces, dejando caer el espejo que inició un desmayo lento sostenido por las aguas, se giró espléndida y nadó a besar las barbas de los tres visitadores, que cerraban los ojos muy complacidos mientras duraba el agasajo. Al buen Melchor le costó abrirlos algo más, tan lejos le llevó el transporte de aquel beso que solo conocía de leerlo y releerlo en adioses manuscritos. «Y en tanto volvió a abrirlos –nos descubrió Rinaldo con voz muy tenue–, tocó el espejo fondo y se abismó en su círculo la hondura de los mares convocando a perderse mansamente en su reposo. Y más cuanto seguía el vendaval revolviéndolo todo por encima».
 
Melchor, Gaspar y Baltasar compartieron el mantel que la graciosa Micaela les dispuso. Allí merendaron los tres sentados frente a ella, que era amenísima anfitriona y convidaba con muchas galas en copas de espuma de mar. A los postres preguntó la dueña por las primicias de tierra, y don Melchor, que era propenso a los anales cuando estaba complacido, le dio rendida cuenta de los últimos sucesos desde los días en que don Ulises partiera de Troya a conocer el bordado que la dueña Penélope le tejía, hasta la última novedad, que era un cometa pintado en el cielo que les sacara de sus alcázares con mucha prisa por seguirle el paso, que a esa hora y por la dirección que llevaba, debía estar aquella estrella poniendo ya su lumbre encima de algún rebaño de Israel. Y terminó don Melchor bajando la voz para decir, con algo de secreto, que por la nunca vista luz del cometa, y por anticipos que dejara el señor Virgilio dentro de una Bucólica como en juego de enigma, entendían ellos que al resplandor de aquella estrella caminante había de nacer una nueva edad de oro.
 
Quedó la donosa Micaela cautiva con el anuncio y tan llena de curiosidad por conocer de vista lo que guardaba aquel
pronóstico, que pidió licencia a los tres visitadores para ir con ellos. No pusieron otro reparo tan prudentes señores que el de ignorar cómo salvaría ella ásperas selvas, crudos montes y ardientes arenales, hecha por naturaleza a los pasajes ligeros del agua. Pero no vio la doña sirena inconveniente en aquel paso, que dejaría de haber ríos cerca y bocas por las que remontarlos hasta donde la estrella quisiera poner fin al camino. Y con tan buena resolución se puso a recoger la mesa y sacudió el mantel, y enseguida apartó sillas y pidió que le echaran una mano para mover un escaño y hacer sitio para un baile. Muy risueña, sacó del brazo al buen Melchor, que iba más nervioso que sereno por aquella confianza, pero con la cabeza alta haciendo el paseíllo. Bailaron graciosamente un rondó, mirándose de hito en hito, y quién sabe si recordando alguna promesa aplazada en cartas. Baltasar tañía la vihuela y Gaspar, que era menos dado a las ceremonias del baile, dormitaba llevado de las dulzuras de la música. Pidió luego la hermosa sirena cambio de instrumento al tiempo que se calzaba por las puntas de la cola unos zuecos muy sonoros. Con un pasador de nácar se recogió el pelo y se puso muy derecha esperando la entrada del músico. Interpretó Baltasar lo que pedían el atuendo y la postura, que era gran sabedor de folclores, y tocó una flauta de pico para que Micaela se luciera en una giga que le había enseñado un guardiamarina de Portsmouth.
 
Miraba don Melchor bailar a la sirena y le renacían los amores. Pero le faltaba confianza para declararlos de viva voz. Y vino a desdibujar el intento, que acaso no fuese todo lo firme que debiera, un dolor en los riñones que él achacó menos a la edad que al rigor con el que había caminado a dar los primeros pasos del rondó. Vacilante, pues, de saberse aceptado de palabra por sirena –que no todo está escrito en las estrellas– pero con el consuelo de aplazar la solución para la vuelta, dio orden de partir, que las horas pasan ligeras bajo el agua y temía el rey errante que se consumiera la luminaria celeste que enderezaba su rumbo. Partían ya cuando corrió, o por bien decir, nadó la animosa Micaela en busca de un mantón que echarse por los hombros, no fuera a estar de hielo la noche en aquellas ásperas provincias del mar Rojo. Y contaba entonces Rinaldo que, de camino, la dona sirena se paró un momento a mirarse en el espejo, que tenía un mechón rebelde que le alteraba la frente y pedía a toda hora compostura. Y así pusieron rumbo, con la discreta Micaela compuesta y abrigada en medio, a la aldea de Belén, mas no guiándose por la estrella, que seguía emborrascada por encima de las olas, sino atentos a una senda de faroles sumergidos que guiñaban de púrpura y de verde invitando a cumplir lucidamente el recorrido. Y la explicación de tal luminería fue que Micaela se la pidiera al gran Poseidón, su señor tío, a la puerta de su caverna. Consintió el dios y encendió de muy buena gana los faroles por dar lustre a senda que cruzaba por su reino hacia el Poniente, después de que ella lo abrazara muy mimosa.
 
Media luna formaba el cortejo por la hondonada del mar, cada uno tirando de un cabo que pasaba sobre el hombro para arrastrar la nave. A proa y a popa, la industria de dona Micaela había dispuesto dos cometas con la enseña de Neptuno que hacían más airosa la carga. Y caminaban los cuatro sin esfuerzo, regalada la vista por las grandezas del océano y cantando romanzas de cautivos, que no hacen sino acrecer la libertad de quienes viven para correr mundo.
 
Llegaron de esa suerte a las angosturas de Áqaba, un golfo de los que llaman de flauta, cuyo meñique toca en arenales de Jordania, y allí se asomaron a una orilla a contemplar la noche, que volvía a ser serena y muy propicia para seguir viaje por camino de herradura. Sacaron la nave a flote y por una boca de costado salieron a la playa tres caballos con un trote algo aturdido. Entre relinchos, sacudieron las crines de espuma y el remolino de nieve salpicó las coronas de los tres navegantes, que deliberan sobre el rumbo. Renunció a la vía de los santos Reyes la sirena, sujeta a peregrinar por calzada de agua, y aún los desafió a que llegaría primero a aquel pesebre que ponían ellos por extremo de su viaje. Pues no fueron pocas las veces que en ameno parlamento submarino le confiara Melchor a la dona Micaela que, al final, había de esperarlos un niño más luciente sobre pajas que el cometa en las alturas. Y así, con la bonanza del milagro por destino y el ánimo de reunirse frente a él, vieron partir a la sirena. Se alejó ondulante por esteros rumorosos cuya música, reconoció don Baltasar acercando el oído al agua, traía la misma salmodia que el Jordán, porque en él paran todas las fuentes en aquella parte. «Y así había de cantar la noria que regaba un naranjal, en los umbrales de Belén, sentada en uno de cuyos cangilones hubo de hacer dona Micaela los últimos pasos de su viaje, según se verá». Esto lo prometía Rinaldo Genovés alzando al mismo tiempo la palma de la mano, como quien quiere sosegar impaciencias del que escucha.
 
No erró el trío de estrelleros en su pronóstico, que aquella misma noche, sin aflojar el paso, cruzaron campos sembrados de mostaza y dejaron atrás chispas de hogueras en un salto de caballo, hasta detenerse ante una ruina muy cercada de pastores. Parecían rehacerse las piedras con la figura de un santo varón que se apoyaba en un varal florido de azahar, como prometiendo venturas de nueva primavera, y con el reposo dulce de una virgen joven, envuelta en paño azul. «Y milagro era que la doncella, cerrados los ojos, soñaba lo mismo que el niño durmiente en su regazo». Y tras esta confidencia, suspendía Rinaldo el parlamento y se ponía caviloso para decir que no era fácil saber si todo acontecía tal como los Magos leyeron en la estrella o como lo pintó don Hugo de Goes, que se le mezclaban a él las palabras propias con los colores que aquel señor flamenco quiso dejar en un retablo de Monforte, delante del cual había estado él un rato de rodillas, cuando la primera salida de Génova camino de poniente, y del que había oído decir unos años más tarde, de paso por Hamburgo, que lo comprara el césar de Prusia a unos frailes escolapios. «Y si bien faltan en la tabla los alientos del buey y las cavilaciones de la mula, de los que es fama por muchas lenguas y escrituras que allí se estuvieron sin moverse varios días –se obligaba Rinaldo a declarar–, don Goes había pintado una ardilla corriendo por encima de una viga, acaso por figurarse que los sueños del niño y de
la madre eran ligeros».
 
Ofrecieron los tres Reyes su agasajo de oro, incienso y mirra con esa severa reverencia que usan los señores orientales. La madre había despertado al niño con un beso, que entre humildes tampoco es vana la buena crianza de mostrarse agradecidos. Y en admirar aquellos ojos recién abiertos, que eran como amanecer el mundo, estaban los errantes, cuando asomó por un lienzo roto de la ruina la dona Micaela. Traíanla a pulso por el aire, metida en una vasija de barro, dos zagales. Y llevaban los dos el rostro enamorado de aquella ondina que les había salido a pedir tránsito al pie de una fuente, requiriendo con una voz que se confundía con el agua y dejaba ausentes los rebaños. «A decir verdad –se paraba un momento Rinaldo a instruir– no fue malo el oficio de los zagales, que a falta de cuenco probado para mudar sirenas, que es una tina de cobre con fondo de oleos esmaltados, y viendo que quien pedía transportín era a más de hermosísima poco melindrosa, acordaron descuajar un cangilón de la noria que oían girar por allí cerca y llenarlo de la fuente hasta tres cuartas. Y así trajeron en remojo y con mucha llaneza a la que creían ninfa los dos zagales, hechos ya a aquella noche de prodigios bajo el cometa».
 
No quiso la sirena que la acercaran al niño con tanto aparato, que podía derramarse el agua y mojarle los pies, y pidió los brazos de Melchor para aquella función. Pero viendo tanta compostura allí reunida, y tanto candor en las miradas que el niño dormido ponía en los contempladores, pidió que le echaran una tela por delante, a guisa de cortina, para envolverse la cola al salir del agua sin ofender a nadie. Así se hizo, y no faltaron lanas de pastores dispuestas a velar por el pudor de la sirena, que ya vestida con merina de cintura para abajo y con el pecho fiado al recato que le prestaba su larga cabellera, repartida en dos fuentes sedosas, se echó en los brazos del buen Melchor y sobre su pecho rindió muy dulcemente la cabeza en lo que duraba el paso.
 
«No hay noche bastante para decir lo que celebró el niño el regalo de la ahijada de Neptuno», preveía Rinaldo Genovés. Y volvía a quedarse pensativo, quién sabe si invitando a imaginar. Xan Gaitarro levantaba los ojos al cielo, como pidiendo inspiración, el grumete acariciaba al gato sin pestañear, y el resto de la marinería no nos movíamos de nuestro sitio, dispuestos a emplear la madrugada por larga que fuera en oír el final de aquella historia tan antigua pero tan llena de novedades que venía a resolverse, a lo que parecía, en el regalo de una sirena al niño de Belén.
 
No hubo manzana de oro, ni cofre con incienso, ni copa rebosante de mirra que contentara tanto al que había de cargar con las penas del mundo, como una caracola que le acercó al oído la dona Micaela con mucho tiento. «Mas no fue todo pan comido en esta resolución», advirtió Rinaldo, que a veces allanaba el discurso. Y nos dejó saber que, de camino bajo el agua, tanto había ponderado don Melchor la ilustre antigüedad de la casa de David, que, sin quererlo, pusiera en dudas a la sirena de su buen juicio al obsequiar y la metiera en temores de que aquel príncipe, llamado a ser rey de reyes, no se conformase con una caracola. Le bastó, sin embargo, verlo tan deleitado con los rumores de la concha que ya le sujetaba su madre por que se durmiera oyendo, para saber que además de reinante, aquel niño cautivo de las gaviotas y las ondas que sonaban en la caracola había de ser también paseante solitario de playas y amigo de pescadores.
 
Adoraron piadosamente los tres señores un rato más que la donosa Micaela empleó en discretísimo coloquio con la virgen. Y tanto congraciaron las dos hermosas damas que al despedirse llevaba puesto la sirena, como cierre del sayón sobre la cola, un broche con unicornio pintado en su óvalo que la divina doncella le entregara. De vuelta le prometió la sirena un abanico de escamas para refrescarse en los bochornos del desierto, y que lo enviaría entre algas por un navegante portugués que tenía por recadero de fiar.
 
No quiso la ingeniosa Micaela volver al camino de las fuentes en el transportín de noria que apañaran los zagales, a los que dio por despedidos con dos besos ligeros, pero que no habrán sabido olvidar, y tornó a sus abismos de sal yendo a grupa con los tres Reyes, montada a mujeriegas por no perder el abrigo de la falda zagalona.
 
Llegaron al mar de Arabia con las últimas estrellas y unas neblinas a su espalda que emborronaban el arenal y casi hacían dudar de lo pasado. Con las olas ya rompiendo a sus pies, mucho sentía el viejo Melchor tener que despedirse de tan dulce compañía, que le asaltaban tristezas melancólicas ayudando a bajarse del caballo a la gentil Micaela. En aquella ribera estaba también mustio don Gaspar, que la jornada submarina de la ida le había dejado los pies fríos y barruntaba que fuera así ya de por vida. Y don Baltasar, por no hacer mengua en los dolores contraídos por el viaje, andaba pendiente de un reuma nuevo, y temeroso por demás de que aquel achaque le negara el son de la flauta cuando toca soplar el mi bemol pisando en la trasera.
 
Pero el penar más hondo era del buen Melchor y lo llevaba muy secreto, que el pasaje a caballo con la dona Micaela pegada a su cintura le había inundado la memoria de sales alegres que creía ya olvidas. Por retener aquella caricia del pelo que la sirena le pusiera en la mejilla al cabalgar, o por oír de nuevo la risa cristalina con que ella recibía sus ponderados parlamentos acostándose en su pecho, o por que no se le fuera de las manos el perfume que dona Micaela le dejara al llevar las riendas compartidas, pretendía don Melchor palabras que sujetasen a su flanco a la sirena por más tiempo. Mas no hallaba discurso que trabase tantas venturas y las dejara firmes de una vez, sin riesgo de renovar ausencias por falta de oportuno parlamento.
 
Porque ya las veía él retoñar en los avíos de partida que iniciaba la sobrina de Neptuno para volver por sus dominios. «Allí la vierais –invitaba Rinaldo Genovés a que entráramos también nosotros por aquella playa–, cómo se desprendía del broche de la virgen por librar la cola, que ya recibía los primeros golpes de la espuma, y con qué mimo se lo enredaba en el pelo dando a entender que pronto iría a perderse a nado mar adentro. Y estas coqueterías las hacía la dueña Micaela con toda parsimonia y no dejando nunca de mirar a don Melchor por debajo del mechón que con tanta travesura le ponía una sombra alegre en medio de la frente». Pero ni con ese pie a prolongar el trato o a no ponerle edad a los amores vengan cuando vengan, se atrevía don Melchor a decir una palabra que los hiciera estantes para siempre.
 
«Y al cabo, quién sabe si urgido por la vista de los otros dos Reyes a caballo y esperando para partir –prevenía Rinaldo–, el cortés Melchor dijo solo dos palabras, pero muy sentidas: que escribiría». Vi yo entonces la sombra de desengaño, si no fue contrariedad, que cruzó por la cara de los que escuchábamos, y no dejé de ver en el mismo viaje un asomo de emoción en la de Rinaldo por rematar el cuento con justicia de su gusto. «Era aquel estrellero –defendió– de los enamorados que confían más en letra despachada por la posta que en voz rendida, pues ausencias son amores entre los nacidos para mirar estrellas». Se calló Rinaldo y en el silencio de la noche nos quedamos pensando un momento en aquella razón puesta en luceros. Y de esa ausencia pasajera nos distrajo nuevamente su voz para acabar la despedida de la playa: que fue decir don Melchor que escribiría –aseguró– y subirse al caballo para espolearlo, pues ya llevaba prisa por poner distancia y sentarse al escritorio. Entonces, igual que un humo lento, se alzó una voz sobre las olas, la de dona Micaela para cantar un adiós: «¡Ay, noche!, qué mal abrigas los decires sin palabras, las añoranzas no escritas...» Y con esa letra en los oídos, «que era como pedir carta urgente de respuesta», concluyó Rinaldo Genovés, fueron perdiéndose en la niebla los tres Reyes jinetes hasta desaparecer.
 
No exagero si les digo que parecía que los oyéramos irse, sentados como estábamos en la cubierta y tan lejos de aquella playa donde acababa el cuento. Pero todo era mérito de Rinaldo, que fue prolongando el cantar hasta dejarlo como dormido sobre un mar que trajera ecos de pasos. Y a mí se me ocurrió de pronto que lo que cantaba el Genovés como traído de tan lejos, debiese menos a la voz de la sirena que a la de dona Armida mientras cerraba una ventana. Y lo mismo debió de maliciar el señor Basilio, que sacudió la pipa en la pernera al tiempo de preguntar con aire distraído:
 
—Y a esa doncella de Génova, Armida, ¿no le gusta leer en cartas?
 
Pero antes de que Rinaldo pudiera responder, tembló el foque y en seguida se puso en guardia la gavia del trinquete y vimos inflarse con un grandísimo suspiro a la mayor.
 
—Ya habrán acabado de adorar los tres señores del Oriente –murmuró Rinaldo paseando la vista por el cielo–.
 
Por eso sopla, que es prebenda de esta sola noche que el viento se sujete hasta la hora en que los Reyes tengan su oficio por cumplido.
 
Y el grumete, que había aflojado las manos para que el gato volara del regazo a ver rizarse las olas desde la borda, preguntó:
 
—¿Y qué hora es esa, don Rinaldo?
 
—Amaneciendo en la Polar.
 
Comprenderán que de la duda de si a la dueña Armida le gustaba leer en cartas, que yo me figuro largas y por entregas, ya no saliéramos. Porque empezó el levante a barullar en las velas con discurso cada vez más floreciente y aquello, después de tanta calma para que se adorase en Belén, era pedir que el resto de la noche lo pasáramos en atender al viento recién llegado con sus embajadas.

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