La literatura medieval hispánica en la imprenta (1475-1600) / LACARRA, María Jesús (Ed. lit.), ARANDA GARCÍA, Nuria (Colaboradora)
Reseña

LACARRA, María Jesús (Ed. lit.), ARANDA GARCÍA, Nuria (Colaboradora), La literatura medieval hispánica en la imprenta (1475-1600). Universitat de Vàlencia, Publicacions de la Universitat, 2016

Pese a que, obviamente, hubo en España buenas ediciones de textos literarios medievales a lo largo de los siglos XV y XVI –recordemos la destacada de El Conde Lucanor de Sevilla, 1575, a cargo de Argote de Molina–, no es hasta el siglo XVIII cuando el conocimiento ilustrado presta un nuevo enfoque a este corpus. Marcó un hito editorial, sin duda, la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV, realizada por el bibliotecario real Tomás Antonio Sánchez (Madrid, Antonio de Sancha, 1779-1790), en cuyos cuatro volúmenes aparecieron por primera vez impresos versos capitales de la tradición literaria hispánica, como los procedentes del Cantar de mio Cid, los de Gonzalo de Berceo o los del Arcipreste de Hita, con notas y glosarios. Tal fue la acogida de la edición que la Imprenta Real llegó a publicar una versión en italiano a cargo de Giovanni Battista Conti (1782-1790), «en verso toscano». Este interés erudito dieciochesco prestó una atención particular a la cuna de la imprenta. La labor de Gerard Meerman, con sus Origines typographicae (1765) y su intercambio epistolar con personalidades como Mayans, supuso que pronto, por ejemplo, los religiosos eruditos como Francisco Méndez (OSA) dedicaran sus afanes a los primeros años de la imprenta nacional. No puede ser más elocuente de este interés el título de su Tipografía española o Historia de la introducción, propagación y progresos del arte de la imprenta en España (Madrid, viuda de Ibarra, 1796), en cuya ejecución contó con la ayuda de Rafael Floranes. La obra sería ampliada en
el siglo XIX por Dionisio Hidalgo (Madrid, Escuelas Pías, 1861).

Pero, sin duda, una aproximación más científica y de alcance internacional sobre nuestra primera imprenta, derivada de la aplicación de un método bibliográfico específicamente afinado para describir incunables, llegó de la mano de Ludwig Hain y se prolongó en los repertorios de Walter Copinger, y, específicamente para el caso español, en los de Konrad Haebler: Tipografía ibérica del siglo XV (La Haya-Leipzig, Martinus Nijhoff-Karl W. Hiersemann, 1902) y Bibliografía ibérica del siglo XV (La Haya-Leipzig, Martinus Nijhoff-Karl W. Hiersemann, 1903-1917), además de otras aportaciones suyas, recuperadas en los años noventa por la editorial Ollero & Ramos, en una labor que se prolongó hasta, al menos, el año 2005. En España, salvo Odriozola con su Caracola del bibliógrafo nebrisense (1947) y sus trabajos posteriores sobre los primeros libros litúrgicos hispanos, hubo una regresión incluso décadas después de la publicación de los catálogos de incunables ya citados que habían abierto el camino. Así, la aproximación masiva que hizo Vindel, El arte tipográfico en España durante el siglo XV, en diez volúmenes en folio (Madrid, Dirección General de Relaciones Culturales, 1945-1955), pese a su indudable valor como repertorio donde localizar ediciones, tenía un fin más comercial que científico. Cabe, por otra parte, recordar que hasta los años 1989-1990 no aparecieron los dos tomos del Catálogo General de Incunables en Bibliotecas Españolas de García Craviotto. Por ello, la puesta al día de la incunabulística hispana ha sido un fenómeno reciente y, en buena medida, debido a la labor de Julián Martín Abad complementada con la recuperación de clásicos por fin traducidos, entre los que cabe destacar el manual de Ferdinand Geldner, aparecido en Arco/Libros en 1998 [Manual de incunables: introducción al mundo de la imprenta primitiva], además de diversas reediciones actualizadas publicadas por Ollero & Ramos.

Por lo que respecta a los postincunables (impresos hasta 1520), el panorama era aún más desolador y no puede decirse que hasta la aparición del Post-incunables ibéricos del propio Martín Abad (Ollero & Ramos, 2001 y su Addenda en 2007), hubiera ninguna publicación de referencia hecha por investigadores españoles. Todo interesado en postincunables tenía que seguir acudiendo al clásico Printing in Spain, 1501-1520 de Frederick Norton, cuya primera edición se remonta al año de 1966 (la traducción es de 1997) y a su A descriptive catalogue of printing in Spain and Portugal 1501-1520 (Cambridge, University, 1978).

El cambio de siglo hizo evidentes las carencias. Se echaba en falta el discurso científico que arropara el contenido meramente descriptivo que aportaban los repertorios. En este sentido, fue un punto de inflexión para la bibliografía material en España la aparición del volumen dirigido por Francisco Rico Imprenta y crítica textual en el Siglo de Oro (Valladolid, Centro para la Edición de Clásicos Españoles, 2000). Gracias a un nuevo acercamiento interpretativo derivado de un conocimiento más técnico y minucioso del funcionamiento de la imprenta manual, la transmisión de la literatura medieval hispana en los impresos incunables y en general a lo largo de todo el siglo XVI, ha podido beneficiarse de estudios más científicos.

Es en este contexto referido donde se halla el origen de la obra miscelánea y colectiva, a cargo de María Jesús Lacarra y de Nuria Aranda, que agrupa una gavilla de doce estudios firmados por doce especialistas. Buena parte de ellos pertenecen a COMEDIC (Catálogo de Obras Medievales Impresas en Castellano), grupo gestado en la Universidad de Zaragoza, activo desde 2012, cuyos propósitos y el método empleado en su trabajo se explican en el «Preliminar» (pp. 9-15). El objetivo de su investigación se centra en analizar varios aspectos de la producción del libro: cómo la difusión impresa incide en la recepción literaria de los textos, cómo evolucionan los géneros en la imprenta y por qué unos tienen auge y otros decaen, o cómo se adaptan los productores materiales –editores e impresores– a los gustos sociales para satisfacer la demanda y su necesidad de negocio. Es, por tanto, un camino de estudio muy atractivo tanto para los historiadores de la literatura hispánica como para los dedicados a la historia del libro y de la imprenta. Conviene recordar que frente al tópico de la imprenta como instrumento revolucionario de la transmisión literaria en el periodo altomoderno, la circulación manuscrita no solo fue reivindicada y revalorizada a efectos poéticos hace ya décadas –un ejercicio que debe mucho al magisterio de Rodríguez-Moñino–, sino que más recientemente también lo ha sido a efectos de prosa literaria e histórica (F. Bouza, Corre manuscrito, una historia cultural del Siglo de Oro, Madrid, Pons, 2001). Pero, una vez reconocido el lugar señero que le corresponde a la circulación manuscrita en compañía de la impresa, se ha vuelto a esta última bajo el nuevo enfoque de los avances en bibliografía material, muy perceptibles, sobre todo, en lo relativo al original de imprenta (Rico 2000, mencionado arriba).

Con respecto al estudio del impreso literario, se abordan básicamente tres líneas de interpretación en los trabajos reunidos en este volumen: la de los textos, la de la ilustración que les acompaña y la de la actuación de los editores e impresores en la producción literaria impresa. Aunque centrado especialmente en el siglo XVI, La literatura medieval hispánica en la imprenta no deja fuera de su evaluación el último cuarto del XV, con el hito que supuso la aparición del Sacramental de Clemente Sánchez, ca. 1475, y pone como límite temporal de su estudio la edición en 1600 del Romancero General.

Dentro de las tres líneas referidas, la más numerosamente representada en estas páginas es la primera, la textual, a la que se vinculan las aportaciones de Aragüés Aldaz, Cacho Blecua, García Sempere, Lacarra, Lalomia, Marín Pina y Moreno Hernández. Del aspecto visual (grabados y portadas) se ocupan específicamente Santonocito y Sanz Julián, aunque también se refieran a él Cacho Blecua y Marín Pina. Por su parte, Pedraza Gracia dedica su estudio al gran impresor zaragozano Jorge Coci, cuyos góticos ilustrados, como el celebérrimo de 1520 de las Décadas de Tito Livio, ya era objeto de búsqueda por parte de los eruditos ilustrados. Faulhaber se centra en cómo ha evolucionado en la web, con el paso de los años, el ambicioso proyecto PhiloBiblon (340.000 registros).

En definitiva, un conjunto de estudios que, partiendo de análisis concretos, ofrecen no pocas conclusiones de alcance general sobre la realidad literaria en la imprenta hispana durante el siglo XVI y el período incunable. Las nuevas luces que aportan los avances de la bibliografía material junto al empleo de fuentes tradicionales muy esclarecedoras, como son los conciertos de impresión, inventarios y otras escrituras de los protocolos notariales –Pedraza es quien más recurre a estos testimonios entre los colaboradores del volumen–, permiten alcanzar nuevos resultados, a veces concluyentes, sobre la recepción literaria a través del impreso áureo. Cabe recordar, con todo, que el recurso exclusico al texto impreso deja al margen algunas realidades socioculturales muy determinantes, como la actuación del Santo Oficio, evidente, por ejemplo, en el caso de la Cárcel de amor de San Pedro. La documentación archivística sobre el control inquisitorial del libro es una fuente de obligada consulta para trazar un panorama exhaustivo de la circulación impresa altomoderna en España.

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