Viaggi tra i libri. Le biblioteche italiane nella letteratura del Grand Tour Pisa-Roma, Fabrizio Serra Editore, 2018 - (Saba, Fiammete)
[Reseña]

Debemos la expresión «Grand Tour» a Richard Lassels y su primera comparecencia escrita a una guía de viaje publicada en Londres por John Starkey en 1670 con el título The Voyage of Italy. Lassels o Lascelles, sacerdote católico y preceptor de nobles ingleses, propagó en esas páginas la certeza de que el mejor suplemento de los contenidos administrados por los libros que leían sus pupilos era la constatación in situ de la letra estudiada. Vio en Italia el destino que mejor conciliaba el conocimiento de la historia, la arquitectura, la arqueología y las bellas artes con la formación tanto intelectual como ética que cabía esperar de un young lord capaz, tras la experiencia de los estudios, pero sobre todo del viaje, de ser un hombre mejor. Cinco veces repitió el tutor el viaje que encarecía a sus alumnos. La insitencia en Italia como meta acabaría por hacer del Grand Tour una suerte de obligado iter Italicum, o al menos, el principal estímulo geográfico de la peripecia. Pero lo cierto es que dos siglos antes de esta acuñación –grande más que por el caudal de leguas transitadas por el tamaño de los beneficios culturales derivados de haberlas recorrido–, Italia ya había sido el destino forzoso de filólogos y copistas, de pintores y arquitectos, de tipógrafos y grabadores, de escultores y músicos conscientes de que las lecciones de la Antigüedad Clásica habían pervivido en la península Itálica con mejor salud que en el resto del continente.
 
Las prescripciones itinerantes del padre Lassels tendrían una fortuna decisiva en la formación de las elites intelectuales europeas de los siglos XVII y XVIII. El «viaje a la semilla» sirvió como experiencia identitaria de un grupo selecto de europeos que se reconocían en una educación de corte humanístico más o menos dispar, desarrollada en universidades, academias y preceptorías privadas, pero con el trámite unificador del viaje a Italia como validación común de los estudios emprendidos en cada país.
 
El itinerario original de Lassels acabaría conociendo hijuelas y derivaciones geográficas acordes también con la ampliación del espectro social de los viajeros, alternativas sugeridas en buena medida por la fortuna editorial del relato que los últimos extravagantes proponían. Debilitado el propósito inaugural del Grand Tour, recorrer las ruinas de Pompeya acabó cediendo la primacía frente a la posibilidad, por ejemplo, de tomar las aguas en BadenBaden. Pero aún con esas digresiones tardías, que admitieron a Grecia y a España en la ruta por razones más deudoras del ideario romántico que del ilustrado, el Grand Tour supuso una confirmación del prestigio cultural de Centroeuropa –con la aclamada excepción meridional de Italia– sobre el resto del continente. De manera un tanto accesoria, Inglaterra, en su condición de país emisor de un altísimo número de pasajeros del Grand Tour y sede editorial por excelencia de la literatura alumbrada por el viaje, se benefició de recibir a sus hijos itinerantes con una carga adicional de instrucción de la que carecían en el momento de partir.
 
Estrictamente en el contexto del Grand Tour, el viaje a Italia era una experiencia de reconocimiento, la confirmación de una herencia cultural que podía admirarse en su enclave originario y que, a partir de ese momento, adquiría un sentido biográfico que ligaba al viajero con la tradición y lo hacía dueño de una experiencia cultural y estética de la que debía alimentarse en el porvenir. El tránsito europeo venía a ser, por tanto, una convalidación vital de las lecturas académicas y una oportunidad de ampliarlas al regreso con nuevos libros adquiridos durante el viaje, o bien –y esto es imprescindible para alimentar la propia conciencia del Grand Tour– mediante su evocación. Es precisamente este último aspecto de la peripecia, el de su divulgación escrita, el que está en el origen de Viaggi tra i libri y el que ha llevado a Fiammetta Sabba a revisar la literatura surgida del camino con la intención de reunir las noticias que los viajeros dejaron dispersas en sus recuerdos sobre las bibliotecas italianas que llegaron a visitar.
 
La tipología documental generada por los pasajeros ilustrados del Grand Tour permite hoy reconstruir una historia intelectual del viejo continente sumamente fértil y llena de matices. Releer las cartas y los diarios de estos registradores de la herencia antigua, sus relaciones, sus memoriales y sus notas ofrece al interesado en la historia cultural de la Edad Moderna la posibilidad de un acceso múltiple al tiempo que comprometido con ciertas subordinaciones derivadas del género literario o del destinatario ideal al que va dirigida la confidencia del viajero. Esta literatura odeporica –el adjetivo italiano se mira en el griego clásico para nombrarse– sirve, por lo demás, de confrontación de dos momentos cruciales de la historia cultural europea. Por una parte, documenta la vigencia del legado clásico en sus diversas manifestaciones –vestigios de la antigüedad, bienes arqueológicos y las plurales formas del anticuariado–, en un intervalo de dos siglos. Por otra, contrapone cierta concepción idealista de ese patrimonio histórico y cultural considerado ejemplar, con la percepción que sus beneficiarios más directos, es decir, los habitantes de los emplazamientos originales de aquellas manifestaciones antiguas, tenían de su prestigiosa herencia. Y, en tal sentido, el examen de las instituciones históricas y culturales que los viajeros incluyeron como parte de sus observaciones a lo largo del camino, sobrepasó el límite de los templos y las ruinas, de las esculturas y las bibliotecas para detenerse en el posible reconocimiento de ciertas afinidades entre aquel respetable legado de los antiguos griegos y romanos y el carácter que definía la vida cotidiana de sus herederos geográficos más directos, desde la forma de vestir hasta la de gobernarse. Una aproximación semejante, que iría creciendo en detalles etnográficos a medida que los viajes se prolongaron en el siglo XIX, es ilustrativa también de la evolución de los modelos culturales que conformaron a las elites aristocráticas europeas durante casi doscientos años.
 
Viaggi tra i libri se organiza en tres grandes partes. La primera se ocupa de la tipología documental y las fuentes de la literatura de viajes en el contexto, especialmente, del Grand Tour. Muy oportunas son las observaciones y las cautelas sobre la relación entre forma y contenido en estas escrituras que acogen diversas posibilidades de manifestarse –cartas, diarios, guías, informes– sujetas a diversos grados también de espontaneidad. La provisión de noticias dirigidas a un confidente real bajo la forma de un epistolario privado –aunque acabe haciéndose público en una imprenta– expone al lector de hoy a un ejercicio de aceptación de lo escrito distinto del que brinda el mismo relato del viaje bajo la forma de una guía carente de destinatario real concreto, por más que pueda adoptar el aspecto de una escritura epistolar. Veracidad y exposición fragmentaria de las noticias, aspectos propios de la escritura de cartas, rivalizan con el mayor grado de sistematización que ofrecen las guías de viaje y los diarios, dos géneros, sin embargo, más susceptibles de admitir intervenciones editoriales y elaboraciones literarias.
 
La segunda parte se vincula al subtítulo que completa la propuesta de estos Viaggi tra i libri, es decir, le biblioteche italiane nella letteratura del Grand Tour. En ella, la autora considera la correspondencia derivada del viaje como fuente documental para abordar una historia de las bibliotecas y las colecciones librarias italianas de fondo antiguo. Los monumentos literarios de los bolandistas y los maurinos entre los siglos XVII y XVIII tienen cabida en esta sección que revisa testimonios bibliográficos y bibliotecarios espigados en la correspondencia de diversos viajeros desde finales del Seiscientos hasta el siglo XIX.
 
En este recuento de experiencias que nutren la literatura del Grand Tour hay que esperar a los últimos años del siglo XVIII para encontrar el único nombre de un viajero español en todo el volumen. Se trata del jesuita Juan Andrés, que entre 1785 y 1791 dejó memoria de su paso por nada menos que ciento veinte bibliotecas italianas en las cartas que escribió a su hermano Carlos. Publicadas en Madrid en cinco volúmenes –el primero en 1786 y el último en 1793– bajo el título de Cartas familiares, habrían de iluminar el viaje a Italia que Leandro Fernández de Moratín iniciaría en 1787 en calidad de secretario del ministro Cabarús, una andadura que acabaría, a su vez, generando el correspondiente testimonio documental publicado póstumamente en 1867 bajo el título de Viaje de Italia (Obras, I, pp. 271-587). La condición de bibliófilo y de lector erudito que se aúna en la figura de Juan Andrés confiere a sus observaciones sobre manuscritos y libros raros un valor indudable, de los más documentados entre viajeros del Grand Tour. La relación de su paso por diversas instituciones librarias –colegios, archivos, bibliotecas y fondos de particulares– resulta imprescindible para el interesado en la reconstrucción del ambiente cultural de las sedes que visita. Su crónica no se limita a destacar puntualmente la presencia de libros valiosos o de libros que colman sus expectativas intelectuales, sino que documenta aspectos del propio funcionamiento de los establecimientos que visitó. Entre las informaciones más noticiosas de sus cartas pueden contarse las referidas a los distintos bibliotecarios con los que trató, a la disposición de los libros que estaban su cargo, a los catálogos que los describían y a la disponibilidad de acceso a los fondos.

La tercera parte de Viaggi tra i libri completa esa prudente divergencia de las fuentes documentales abordada en la primera parte para ofrecer un panorama de las bibliotecas italianas pero, en esta sección, a través de los diarios de viaje. El mentor del Grand Tour, Richard Lassels, abre la lista de los nombres examinados. La revisión de testimonios sigue un camino cronológico ascentente hasta adentrarse en las primeras décadas del XIX de la mano de Joseph Forsyth, J. C. Eustace, Johann Martin Scholz, Friedrich Blume y Antoine-Claude Pasquin, todos ellos ejemplo del paseante culto por Europa, entregado a la visita de bibliotecas y al examen de libros impresos y manuscritos, en un periodo en el que los alicientes estrictamente culturales del viaje empezaban ya a disolverse en las aspiraciones prioritarias de los viajeros. El estudio de Fiammetta Sabba se completa con una serie de índices sumamente útiles por la información que proporcionan reunida y organizada. El de las sedes editoriales de esta literatura de viajes permite comprobar en apenas un vistazo que fue Londres el lugar desde el que se difundió, con evidente supremacía sobre las demás imprentas, el relato del Grand Tour. Por lo que respecta a las bibliotecas más visitadas entre los concurrentes del iter Italicum, la Vaticana, la Ambrosiana y la Laurenziana aventajan al resto. Si la lista de los establecimientos obstinadamente visitados resulta significativa, las omisiones que un índice como el de «biblioteche per città» permite advertir es asimismo elocuente de lo que durante dos siglos dejaron de ver las elites ilustradas que peregrinaron a Italia a reconocer libros y librerías.
 
Viaggi tra i libri, aparte de un trabajo imprescindible para adentrarse en la historia de las principales bibliotecas italianas sin perder de vista el contexto territorial, social y cultural en el que se insertaron, sirve para estimular una reflexión que concierne al modelo de biblioteca histórica que hemos heredado y cuál puede ser su destino. La especulación no fue ajena tampoco a los viajeros del Grand Tour. Leopold Berchtold advirtió a finales del XVIII que, entre los visitantes de las bibliotecas italianas, se tendía a hacer distinciones: pública era aquella librería al servicio del poder civil y social; la etiqueta «de conservación» –digamos una librería de gusto anticuario y no necesariamente accesible– advertía de un museo inútil a menos que las obras que atesoraba acabaran conociéndose gracias a su publicación. La biblioteca, pues, como centro de irradiación del conocimiento y como recurso preferente en la formación intelectual, en contraste con el coleccionismo sin proyección pública ni beneficio social.
 
En nuestros días, descuidado el compromiso de viajar para volver con más formación de la lograda en el momento de partir, la prioridad del turista que fatiga Europa no es cultural, por mucho que se tienda a admitir bajo el abnegado término de «cultura» cualquier actividad recreativa que se conciba, con independencia de la condición más o menos vulgar, más o menos imprecisa o más o menos ridícula que implique la propuesta. Las bibliotecas de fondo antiguo no son parte todavía de esa rebaja masiva de contenidos que convierte en «cultura» el mero hábito de comer, de comprar o de regirse por un horario distinto. Pero el debate sobre la gestión de las instituciones culturales especializadas a la luz del rodillo reductor del turismo universal ya es un hecho, especialmente en los países cuyas colecciones históricas alentaron la peregrinación de los viajeros ilustrados europeos durante más de dos siglos.

Con la decadencia de las Humanidades como fundamento cultural identitario de un continente está en juego una prioridad. En el caso de las bibliotecas históricas, lo que se dirime es su pervivencia como lugares específicos de cultura, como espacios de progreso científico y de conocimiento de las fuentes que alimentan un discurso intelectual mantenido de forma ininterrumpida, aunque variable en el apasionamiento, desde la Antigüedad Clásica hasta hoy. O bien su transformación en museos turísticos donde la difusión de ese legado bibliográfico a través de catálogos, el conocimiento del contexto histórico que decidió su reunión y la consciencia de que el estudio de las fuentes escritas es una vía insustituible de acceso al conocimiento de nuestra herencia cultural adquieran menos relevancia que la propiciada por la admiración del mobiliario donde se alojan los libros, el tamaño de las estancias donde caben los armarios y la belleza de ciertos ejemplares escogidos para proclamar, dentro de una urna, una condición de tesoro antes que de documento. Esta alternativa tiene el aval, hoy glorificado, de complacer a un número copioso de individuos –cómo no acordarse aquí de la advertencia de Gonzalo Rojas: «todo lo copioso es poco fidedigno»–, de tolerar una rentabilidad económica obtenida de la simple exposición del objeto –a costa de reprimir su rentabilidad científica– y, por fin, de alimentar un discurso complaciente con las exigencias de sensibilidades victoriosamente educadas en un pensamiento y en un gusto convencionales.
 
Como los viajeros del Grand Tour, quizá debamos prolongar el hábito de poner a Italia como destino. O, al menos, obligarnos a emprender ciertas peregrinaciones bibliográficas alumbradas en su territorio. Filólogos e historiadores italianos llevan cuatro décadas avisando desde la imprenta del cambio de paradigma que el turismo de masas sugiere a los administradores de los bienes culturales públicos en su país. La concesión es progresiva y cada vez más general en toda Europa. Un título como «Salviamo le biblioteche dai luoghi comuni», publicado por Alfredo Serrai en 1978, adquiere hoy una urgencia renovada.
 
Contra los peligros de una deriva hacia la banalidad cultural en la gestión de las grandes bibliotecas públicas, los Viaggi tra i libri de Fiammetta Sabba contienen un discurso implícito, dirigido a lectores cómplices o a lectores conscientes de que los libros entre las manos enseñan más que abiertos por una página petrificada tras el cristal de una vitrina

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