Natale Vacalebre, Come le armadure e l armi per una storia delle antiche biblioteche della Compagnia di Gesù con il caso di Perugi. Firenze, Leo S. Olschki Editore, 2016
[Reseña]

El presente estudio es el volumen CCV de la Biblioteca di Bibliografia, dirigida por Edoardo Barbieri, una colección asociada desde su inicio al prestigio editorial de Leo S. Olschki. El propio editor florentino ya había concebido La Biblioteca di Bibliografia como complemento de estudios de la reconocida revista La Bibliofilia. Barbieri firma un prólogo de presentación donde brevemente sitúa esta aportación de Vacalebre dentro del contexto general de historia de las bibliotecas y, en concreto, de las jesuíticas. Es bien sabido que Ignacio de Loyola tuvo una intensa e interesante relación con la cultura libraria, pasando de la lectura juvenil de libros de caballerías a escribir y publicar uno de los textos más determinantes de la espiritualidad en la Europa del XVI, los Ejercicios espirituales (1548). Ya en vida del fundador de la Compañía de Jesús –murió en 1556– esta comprendió lo relevante que era fijar dicha relación en las Costituzioni, en el primer reglamento bibliotecario (Coimbra, 1545), y en las Regulae Praefecti Bibliothecae de 1553. Pero el marco de referencia es la Ratio studiorum (1599), varias décadas posterior. Por ello, antes de tratar de los textos anteriores y tras una introducción de contenido, el primer capítulo se centra en la Ratio. Por lo demás, la estructura del libro, organizada en tres partes bien diferenciadas, deriva de la ofrecida en la tesis doctoral del autor, Natale Vacalebre, defendida en la Università degli Studi di Udine.

Hacia 1600, en el momento en que se instaura la Ratio studiorum de 1599, había exactamente 176 casas y colegios donde los jesuitas ejercían su docencia –existe una detallada relación en la Biblioteca-Archivo Zabálburu, carpeta 241, nº 51– y, casi treinta años después, la cifra se había incrementado significativamente, de manera particular en España. La relación de todos los centros se recoge en la poliantea de Laurentio Beyerlinck, Magnum theatrum vitae humanae (Colonia, 1631. Tomus VI, págs. 263-264). Durante las primeras décadas de existencia se confiaba en las rationes locales pero debido al creciente volumen docente se hizo necesario homogeneizar criterios y prácticas. Vacalebre refiere en la primera parte de su libro (págs. 1-31) cómo fue surgiendo esta necesidad, se ocupa de la redacción de la Ratio studiorum y la organización de los estudios en ella a partir del modus Parisiensis –no hay que olvidar que Ignacio pasó siete años en la universidad parisina–, y, por último, se aproxima a la articulación textual de la Ratio y a la relación directa de ella con los libros y sus tipologías. 

Mucho más extensa es la segunda parte (págs. 33-157). Se adentra en una amplia revisión que incluye la sistematización jesuítica y sus textos claves en lo relativo al trato que la Compañía establece con el libro bajo muy diversas formas: docencia, lectura, consulta, prohibición, adquisición, producción tipográfica por parte de los padres, clasificación y catalogación en los colegios, tanto en la teoría –a través de lo dispuesto por Possevino, Clement o Garnier–, como en la práctica. También se ocupa del espacio librario y su organización física, del personal dedicado a su atención y demás cuestiones relacionadas con el buen mantenimiento de una librería.

Las dos primeras partes dan paso al tercer ámbito temático tras los dos marcos contextuales de referencia que le preceden, muy explicativos. Analiza ahora Vacalebre el caso de la biblioteca del colegio de Perugia, a la que dedica un centenar de páginas (159-259) que cubren un periodo de más de dos siglos, desde 1553 a 1773. Aborda el establecimiento de la Compañía en la ciudad, la relación con la universidad, la vida libraria del Colegio, el inventario de 1565, diversas donaciones y adquisiciones, la estructura de la biblioteca y, por último, ofrece una valoración final sobre sus fondos. Con las fuentes documentales de la Biblioteca Augusta de Perugia (BAP), el Archivo de Roma de la Societatis Iesu (ARSI), y otros grandes centros italianos, arma Vacalebre los sucesivos contenidos, rematados por una utilísima bibliografía y un índice onomástico.

Hay que subrayar el rigor de las fuentes manejadas por Vacalebre pues son directas y de primer orden, como las que cita de los Monumenta Historica Societatis Iesu, el manantial documental oficial de la Compañía. Prueba del gran relieve de la Compañía a efectos documentales es que cuenta con sección propia en el Archivo Histórico Nacional o en la Real Academia de la Historia. Y al margen de estos dos grandes centros de investigación, no faltan otros donde se conservan cartas de jesuitas, esclarecedoras para explicar la historia moderna, particularmente en España. El paradigma educativo de la Compañía fue usado por la Iglesia Católica como eficaz arma de la Contrarreforma a la hora de frenar la expansión luterana, según ocurrió en la misma Alemania, sede de potentes focos jesuíticos, como Ingolstadt, Colonia y otros, a partir de la labor de san Pedro Canisio.

El relieve notabilísimo de la docencia jesuítica en los casi quinientos colegios que llegó a tener en el siglo XVIII se reflejó en las ricas bibliotecas de muchos de ellos, caso en España de la sevillana del colegio de san Hermenegildo. La dispersión de la misma tras la expulsión hispana de la Compañía en 1767 alimentó no pocas bibliotecas andaluzas, por ejemplo –incluso a efectos bibliófilos–, la del Asistente de la ciudad, Francisco de Bruna, hoy en la Real Biblioteca. Y es que en las décadas anteriores ya el interés de los jesuitas en España por difundir la cultura libraria fue intenso. Bastan dos ejemplos para ilustrar este aspecto en el propio entorno de la Corona: el protagonismo del padre Robinet en la apertura al público erudito de la regia biblioteca madrileña del pasadizo de la Encarnación, anexa al viejo Alcázar, en 1711, y el programa de patronazgo real para copiar los vetustos códices visigóticos toledanos a mitad de siglo por parte del padre Burriel, acompañado del calígrafo Palomares, bajo el beneplácito de Fernando VI. Después, el acentuado regalismo carolino no toleró la prosperidad social de la Compañía, su infiltración en multitud de aspectos de la vida hispana y su fiel obediencia papal, pero es evidente que la cultura hispana, y en general toda la europea, no se entiende sin la Compañía, como bien estudió intensamente a lo largo de su vida otro jesuita ilustre, el padre Batllori.

La aportación jesuítica a la cultura libraria europea durante la época Moderna es, por tanto, capital y poliédrica ya que va de lo misional a lo erudito y de lo docente a las fuentes codicológicas. Tanto en la sección de Jesuitas del AHN como en la de Códices se conservan muy diversos inventarios de colegios, donde hay índices en el momento de la expulsión dieciochesca de Burgos, México, Tarragona, Ávila, Alcalá de Henares o el Colegio Imperial madrileño. Gracias a la minuciosidad de ellos –a veces con pie de imprenta incluido– se pueden atestiguar ediciones hoy perdidas de grandes autores. Aunque solo fuera por esta única realidad, entre otras muchas, los colegios de la Compañía merecerían ocupar un papel destacado en la historia de las bibliotecas. Pero baste con saber que estas bibliotecas colegiales alimentaron la escritura de autores de la talla de Lope de Vega en el Colegio Imperial o del mismo gran jesuita Baltasar Gracián, en los colegios en que impartió docencia, ayudando a redactar un corpus que le encumbra como una de las grandes inteligencias europeas de todo el siglo XVII. Hay que subrayar que Vacalebre estudia pormenorizadamente la teoría y la práctica de las bibliotecas jesuíticas en un contenido sólido pero no denso, muy eficaz en su desarrollo explicativo. Su certera aproximación, más allá de la propia Compañía y cómo se organizaba a efectos librarios, es la historia de una parte de la difusión del saber y el conocimiento en la Europa Moderna. 

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