Alessandro Tedesco. Itinera ad Loca Santa. Milano, Edizioni Terra Santa, 2017
[Reseña]

El Papa Clemente VI, por bula dada en Aviñón en 1342, promulgó la constitución jurídica de la llamada «Custodia de Tierra Santa», en manos de la Orden de Frailes Menores. Este anhelo de la Orden databa desde los tiempos fundacionales pues ya en el Capítulo general de 1217 –se fundó en 1209–, nacía la Provincia de Tierra Santa (Egipto, Siria y Palestina), visitada durante varios meses por el propio san Francisco, entre 1219 y 1220. La Provincia se divide, para mejor gestión, en 1263, en «Custodias», y la de Tierra Santa agrupaba Jerusalén y seis ciudades costeras vinculadas a la presencia cruzada. Tras la caída de Acre en 1291, los franciscanos, desde Chipre, enviaron misiones de permanencia en el Santo Sepulcro, documentadas en 1322 y otros años, y que ayudaron sin duda a que el sultán de Egipto permitiera el retorno franciscano a los santos lugares, gracias a la gestión de los reyes de Nápoles, Roberto de Anjou y Sancha de Mallorca. La bula referida aprobaba la donación a la Iglesia de este privilegio concedido a los reyes por el sultán. En 1992, Juan Pablo II respaldó por escrito esta encomienda a la Orden franciscana, ratificando su misión.

Para conmemorar el ochocientos aniversario del Capítulo general que dio lugar a los hechos posteriores referidos, la Biblioteca bio-bibliografica della Terra Santa e dell’Oriente Francescano, dirigida desde sus inicios, en 1906, por Girolamo Golubovich (OFM), ha decidido incluir en sus colecciones el presente volumen. La Biblioteca cuenta con treinta y tres volúmenes repartidos en cinco series, la última comenzó en 2012. Esta serie postrera se compone de cuatro, tres dedicados al Archivo histórico de la Custodia, y este, que se centra en la Biblioteca –existente en Jerusalén– y, en concreto, en la colección de libros de viajes a los santos lugares contenidos en ella y editados entre los siglos XV y XVIII

Como explica brevemente en la presentación el padre Francesco Patton, que está al frente de la Custodia, en los libros de viajes gerosolimitanos no solo hay vivencias personales o narraciones de peripecias en el viaje, sino observaciones etnográficas, consideraciones arqueológicas y artísticas, descripciones topográficas y botánicas. Sigue un escueto saludo del actual director de la Biblioteca franciscana, el padre Lionel Goch, y continúa una «Premessa», ya vinculada al contenido del libro, a cargo de Edoardo Barbieri, profesor en la Università Cattolica di Milano y en la de Udine y, desde 2007, director del Centro di Ricerca Europeo Libro, Editoria, Biblioteca. Desde la página XVII a la LXXII halla el lector una extensa introducción sin firmar –pero a cargo del profesor Alessandro Tedesco–, culminada con una bibliografía de repertorios y catálogos que asientan las ediciones descritas a continuación, desde la página 3 a la 343. Tedesco, asimismo de la Università Cattolica di Milano, es un experto conocedor de esta literatura de viajes a Tierra Santa, autor de diversos trabajos previos sobre la materia centrados en obras concretas y significativas, en ediciones de algunos de esos textos y en estudios lexicográficos sobre la lengua empleada por los peregrinos.

La introducción de Tedesco, verdadero estudio preliminar, tiene varias partes: la primera explica la significación de la Custodia de Tierra Santa a través de los libros y documentos. La segunda se ocupa de los libros de viajes a los santos lugares tras abordar la relación que a lo largo de los siglos han entablado los franciscanos con las peregrinaciones gerosolimitanas, el sentido –sagrado– de estos viajes, el origen de la literatura de viajes en general y cómo estas peregrinaciones impulsaron el género, hasta llegar a los libros de viajes en el período incunable, vistos, por tanto, desde una perspectiva tipográfica. La tercera parte se ocupa del fondo concreto de la Biblioteca franciscana en Jerusalén. Aquí se exponen las características del fondo y se ofrecen observaciones sobre la labor de catalogación, las procedencias –y los ex libris presentes–, los marginalia y las fichas manuales de las ediciones guardadas en la Biblioteca. Antes de dar paso al catálogo propiamente dicho se ofrece una nota clarificadora en la que se explican los distintos niveles informativos en los que se estructuran los registros catalográficos.

Referirse aquí a las ediciones representadas en este fondo desbordaría los límites de la reseña, pero cabe indicar que uno de los incunables de mayor éxito y consumo en su tiempo, la célebre Peregrinatio in terram sanctam de Bernhard von Breydenbach, está presente en su edición de 1490. Su notoriedad fue muy similar a la de la obra de Rolewinck, Fasciculus temporum, el primer libro ilustrado en España (Sevilla, 1480). Por cierto, la vista más antigua de Jerusalén de la que se tiene constancia está en un incunable emblemático por su significación en la historia de la imprenta, el Liber chronicarum, de Schedel, que es la obra más profusamente ilustrada del periodo de la imprenta incunable. La vista no es fidedigna pero recoge edificios muy representativos y simbólicos de la ciudad, como el Templo de Salomón.

Son libros, los recogidos en el Catálogo, impresos en diversas lenguas: latín, italiano, alemán, neerlandés, inglés, francés, portugués y español, y por tanto, representativos de la visión europea en su conjunto de los santos lugares. Estampadas por toda Europa, desde 1486 a 1799, el catálogo recoge 202 obras. A la descripción catalográfica y a las referencias bibliográficas que validan la identificación de la obra, se añade abundante información sobre los datos específicos del ejemplar y se insertan imágenes en blanco y negro de portadas o de los grabados más significativos que contienen dichas ediciones. Se culmina el volumen con varios índices: cronológico de las ediciones, a las que se asocia el nombre del autor; un índice de nombres que acoge diversas responsabilidades en la obra al margen de la autoría –traductores, comentadores, editores literarios, grabadores, etc–; de lugares de impresión, de impresores, editores y libreros, y un último índice de posesores.

El de los libros de peregrinaciones se puede considerar un subgénero dentro de los de viajes pero mucho más allá de lo confesional y de la fe religiosa de sus protagonistas, nos hablan, a veces entre líneas, de otras realidades, como el comercio o la agricultura, y no descuidan la referencia a las costumbres. Frente al supuesto «choque de civilizaciones», constituyen un ejemplo de interés recíproco por tolerarse y conocerse. Baste recordar la permisividad con la orden franciscana del mismo sultán de Egipto, An-Násir Muhámmad, modelo de apertura y de diplomacia pues la suya abarcó del Papa al sultán indio de Delhi. El pasado siempre enseña al presente. 

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