Belli, Pietro (a cura di), Palazzo Donn Anna . Storia, Arte e Natura. Torino; Allemandi, 2017
[Reseña]

Entre los edificios emblemáticos de la ciudad de Nápoles, uno de los más significativos por su devenir, sus moradores, el tiempo y las circunstancias de su construcción, es el Palazzo Donn’Anna. Debe este nombre a doña Anna Carafa-Stigliano, mujer del virrey Ramiro Núñez de Guzmán, el duque de Medina de las Torres (ca. 1602-1668). Reúne el volumen una agrupación de diez estudios, coordinados por el autor de uno de ellos, el arquitecto e historiador Pietro Belli. La pasión histórica y la restauración arquitectónica -Belli ha trabajado en la restauración de la fachada occidental y otras partes del singular edificio que nos ocupa- sustentan la doble inspiración de este libro.

La exigencia matrimonial de Anna Carafa que obligaba a Medina de las Torres a asentarse en Nápoles, favoreció que Olivares le nombrara virrey a costa de su cuñado, el conde de Monterrey. Aparte sus habilidades cortesanas, Medina tuvo sensibilidad para elegir con acierto obras de arte valiosas que enviaba a la corte madrileña. Reunió para sí una colección de casi una setentena de pinturas de gran calidad; al monarca le remitió otras, como el célebre Martirio de san Felipe, de Ribera, hoy en el Prado y obras de Raphael y de Correggio. De Ribera fue mecenas destacado y prefería sus pinturas mitológicas frente a las de temática religiosa. Debido a estas adquisiciones, mantuvo correspondencia privada con el rey, que le siguió garantizando su gracia. Muchos de los cuadros que adquirió, entre ellos varios de maestros flamencos como El Bosco, o los posteriores Brueghel y Rubens, fueron pasando al rey Felipe durante su propia vida y hoy también están en el Prado. Los inventarios de Medina, estudiados por Bouza («De Rafael a Ribera y de Nápoles a Madrid. Nuevos inventarios de la colección Medina de las Torres-Stigliano (1641-1656)», en Boletín del Museo del Prado, 2009, tomo 27, págs. 44-71), revelan la calidad excelsa de determinadas obras y la general de otras, no venidas a España hasta 1655.

De su actividad urbanística queda testimonio en la via Medina, que le debe el nombre, y otros proyectos como grandes fuentes, los cuales tenían no poco de propaganda visual del poder hispano. Pasión paralela fueron los libros. Reunió una biblioteca en Nápoles que superaba los cinco mil cuerpos y sobrepasaba los cuatro centenares de manuscritos encuadernados allí. Su inventario post mortem, de 1669, recoge la biblioteca en su disposición topográfica (AHP de Madrid, prot. 8181, sin foliar). La mayoría de los conservados están vestidos en tafilete rojo y llevan tanto sus armas como las de doña Anna. Mucho más raros son los ejemplares bianchi, objeto de bibliofilia. Esta pasión por lo cultural y artístico, unida al empeño de Anna Carafa, propició la construcción del palazzo que lleva su nombre en la colina de Posillipo, un lugar dedicado desde antiguo al teatro y la literatura, como bien refleja el Pvsilipo de Cristóbal Suárez de Figueroa (Napoli, 1629).

La concepción del volumen se apoya en la historia de la arquitectura. La «Prefazione» se debe al casi centenario Raffaele La Capria, un gran nombre de las letras napolitanas (novelista, ensayista, traductor, cuentista, memorialisa), y también vinculado al cine (guionista). La primera contribución, a cargo de Antonio Ernesto Denunzio, sobre la referida Anna Carafa y su estirpe, sitúa al lector en el contexto de la obra. La segunda se centra en la labor político-cultural de don Ramiro como virrey y la realiza la profesora Encarnación Sánchez, una gran especialista en la historia napolitana bajo los Austrias [Cfr. Avisos núm. 68]. En el tercer texto, «Palazzi sull’acqua nel XVI e XVII secolo», Leonardo di Mauro se acerca a otras edificaciones palatinas napolitanas que, con igual planteamiento constructivo que el palazzo Donn’Anna, son deudoras de la relación de lo arquitectónico con lo marítimo.

Pietro Belli, el coordinador científico, se centra en los diseños arquitectónicos que realizó el III conde de Bute, John Stuart, durante la segunda mitad del XVIII, referidos al palazzo. Las reflexiones del inglés incluidas en la correspondencia a su amigo Thomas Worsley en 1774 orientan el discurso de Belli. El texto se completa con la publicación de los diseños de Stuart (págs. 112-127). El siguiente artículo, de Cettina Lenza, aborda los diseños arquitectónicos de Pierre-Adrien Pâris, tanto para el Palazzo Donn’Anna como para otros napolitanos, y los compara con los de otro coetáneo, Pierre-Jacques Volaire. La contribución en el volumen de Giulio Pane, «L’architettura del palazzo», aun estando muy centrada en lo arquitectónico, se ocupa principalmente de la involucración de los virreyes -él y ella, no olvidemos-, en el alzamiento del edificio, lo que pretendían y obtuvieron con su construcción y la evolución del palacio en la segunda mitad del siglo XVII. Andrea Pane aborda la larga fase de abandono de esta edificación y del proceso que llevó a su rescate y restauración. Explica las varias manos y destinos por los que pasó tras la muerte de la Carafa y el regreso a España de don Ramiro. Las fotografías de hacia 1900 revelan un estado general ruinoso. A partir de la primera década del siglo pasado será cuando se inicie una restauración paulatina, más decidida tras la II Guerra Mundial, hasta culminar en los años ochenta. El estudio de Massimo Visone se ocupa con detalle de cómo la colina de Posillipo y su palazzo han sido objeto de la atención de los artistas a lo largo de los siglos. Comenta diversos cuadros, dibujos y grabados alusivos, partiendo del diseño de Hoefnagel/Hogenberg fechado en 1578 y no estampado al aguafuerte hasta veinte años después, en la edición de la famosa Civitates Orbis Terrarum. Su repaso termina con el examen de un carboncillo del palazzo fechado en 2016. El penúltimo texto, de Roberto Fedele, se centra en la vida cultural en torno a Posillipo durante los siglos XIX y XX, con referencias a la construcción de un hotel de lujo así como a diversas representaciones teatrales, operísticas, recreaciones históricas y hasta deportivas (tenis) celebradas entre sus muros en los años veinte del pasado siglo. A todo ello se añaden las exposiciones de arte contemporáneo. La última contribución, a cargo de Paola Totaro, se centra en la labor de la familia propietaria, los Genevois, que adquirieron el palazzo en 1898, entonces en manos de la Banca d’Italia.

Palazzo Donn’Anna ofrece   un conjunto de estudios sólidamente documentados, reunidos con sentido tanto histórico como arquitectónico, y constituye un valioso ejemplo de cómo aproximarse a un edificio de enorme significación histórica bajo diversos prismas. Para el modernismo, supone una aportación a la labor cultural y urbanística de los Carafa-Stigliano, que consiguieron conectarse con la elite de poder hispana en el siglo XVII, una relación objeto de análisis en estos momentos por parte de otros especialistas como Alejandra Franganillo. Edición lujosa y muy ilustrada, Palazzo Donn’Anna refleja el respeto cultural italiano por su patrimonio histórico y nos ofrece una cuidadosa edición heredera, sin duda, de esta sensibilidad.

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