Nudos - (Andrés Escapa, Pablo)
Cuento

«La vida es un cordel de nudos», decía mi abuela Alcordia. Y bien lo podía saber ella que se pasaba las horas acariciando las cuentas del rosario.

Yo ignoraba hasta dónde tenía razón mi abuela con aquella advertencia suya. Hay que hacerse viejos para entenderlo. Es entonces cuando uno se da cuenta de que las ataduras empiezan a florecer temprano sin que haya manera de preverlas. Así me pasó a mí una víspera de Reyes, tan lejana, veo ahora, que recordarla es asumir que las cosas ocurrieron en otro mundo, si no es mejor decir en otra edad. Entonces yo vivía entregado al asombro con la misma constancia que mi abuela a sus rutinas del rosario. Maneras de soñar.

Aquella víspera que digo era un puro cristal helado. El crepúsculo moría azul en las alturas y al mismo tiempo sembraba el horizonte de un incendio rojo, como un inmenso telón por el que debía cernirse el milagro. En mi pueblo se esperaba la llegada de un gran príncipe de Oriente. Los mayores llevaban días haciéndose lenguas de la visita y asegurando, cuando era la gente menuda quien preguntaba, que el visitante había de ser Baltasar el astrólogo. En casa y en la calle, siempre lleno de inquietud, recibía yo toda suerte de noticias sobre el arbitrio de este rey, pero una pesaba más que el resto: el buen Baltasar era espléndido en regalos, como los otros dos errantes, pero también el más entendido en carbones. El discurso se suspendía en ese instante preciso para encender un cigarrillo y ya no llegaban más palabras. Lo único que brotaba en reparación del silencio apenas fundado era un suspiro de humo echado al aire, una caligrafía volátil de la advertencia que iba disipándose hacia el cielo. ¿Me tocaría el carbón a mí? Y entonces miraba aquel confín de lumbre con que moría el día como si fuera obra de los mismísimos pasos del rey Baltasar que, al acercarse, sujetaba el rescoldo de la tarde soplando una brasa entre las manos.

Era verdad que el rey llegaba, pero lo hizo por otro horizonte aquella víspera: el que la vía del tren minero hundía en una tiniebla silenciosa de la que surgió resoplando fatigosamente la máquina de vapor hasta detener su aliento a la luz amarilla de una farola. Cuando se aclaró la última bocanada de humo, por encima de la portezuela de la máquina, todos los reunidos vimos que empezaba a afirmarse la figura imponente del rey Baltasar. Él mismo echó el freno y se sacudió las manos, que traía enguantadas de blanco. Luego, mostrando un diente de oro, sonrió para saludar.

«Primero vas a ver al rey y después a tu abuela», me habían dicho en casa. Al rey ya lo estaba viendo, recién llegado a la estación; y a su lado, oficiando de paje obsequioso, veía a Chambombo, un minero gordo y blasfemador que siempre llevaba el paraguas sujeto del cuello del mono de trabajo, colgándole a la espalda. Ahora se lo ofrecía a Su Majestad para que se apoyase al bajar de la locomotora. Tropezó el rey y contuvimos todos el aliento, pero fue digno de ver con qué solvencia se rehízo del mal paso, echando mano al agarrador de la ventanilla para afirmarse en el aire. Desde la altura del primer escalón saltó lleno de gracia hasta el andén y una pluma larguísima que le coronaba el turbante, primero se estremeció en su vuelo y luego se inclinó con lentitud cuando el rey tocó tierra con sus pies. Yo lo miraba embobado. Él, entre tanto, se envolvía en su túnica para echarse a andar.

Niños y mayores, guiados por la lámpara minera de Chambombo y algunas linternas que surgieron precavidamente de entre la comitiva, salimos de la estación para seguir al reinante Baltasar. Su terrible criado había vuelto a ponerse el paraguas a la espalda. Aquella servidumbre entre tosca y atrevida a mí me llenaba de confusión. Tan pronto envidiaba la familiaridad de Chambombo con el astrónomo de Oriente como no acababa de entender semejantes efusiones, la complicidad de algún contacto pasajero, aquellas risas entre ambos, de camino al salón parroquial. Allí se había decidido que Su Majestad, sentado en la misma silla que se ofreció al obispo cuando vino a confirmar, recibiera a cuantos se acercaran a saludarle. A mí me molestaba que aquel príncipe de Arabia no tuviese asiento propio, distinto del eclesiástico, uno hecho, cuando menos, para la ocasión. Yo sabía mucho de protocolos orientales por un libro de cuentos ilustrado y no dejaban de rondarme aquellas exigencias que tanto echaba en falta: los damascos y las sedas, los hilos de oro en los cojines, las alfombras de Hamadán y los bálsamos de mirra con que perfumar la cabeza del astrónomo. Lo más cercano a aquellas galas era el olor a incienso que se colaba desde la sacristía. Y pronto dejé de notarlo, sofocado por el calor de los reunidos, perdido en el barullo nervioso de los niños y el braceo de sus madres que pugnaban por acercarse ansiosamente al rey. Me alegré de que mi hermana pequeña, que tenía fiebre, no hubiera podido venir.

Yo también quería llegarme al pie de tan gran dueño, pero con otra calma. Tocar sus ropas y sentir la tibieza de las manos enjoyadas, bajar la voz para hablar en confidencia, decirle al señor Baltasar lo que yo sabía de su feliz reino de arena, y casi disculparme por aquel recibimiento tan poco adecuado a tan alta condición. Pero me bastaba ver a Chambombo allí delante, dirigiendo a manotazos el avance de la fila, berrando en procura de una atención que nunca era atendida, para sentir una vergüenza infinita de ser parte del peregrinaje que él gobernaba. ¿Y cómo soportar, preveía después, que por un momento aquel palurdo oyera los coloquios que yo pasaba discretamente con el rey? Así que me quedé al fondo del salón, de puntillas contra la pared, viendo repartir besos y caricias al paciente Baltasar. Y yo, que conocía a todos aquellos que acercaban temblorosos su mejilla a las barbas brillantísimas del rey, sentía que era distinto por saber lo que ellos ignoraban: que a los magos de la Arabia no se les saluda con besos sino con humildes inclinaciones de rodilla y un aleteo de la mano en viaje del pecho hasta la frente.

Poco a poco fui sintiéndome triste. Triste y ofendido por las afrentas a la majestad de aquel sabio estrellero venido de tan lejos. «Huele a betún», oí decir a una niña de regreso de tan principal regazo. Me dieron ganas de llorar y de matar a la niña, de matarla llorando y escapar. La aparté de un empujón y busqué la puerta de la calle.

Allí fuera, lejos por fin del alboroto, acaso exaltado por la soledad y por la helada, se me ocurrió esperar al rey puesto de rodillas, como un fiel servidor que calladamente vela a la intemperie la llegada de su amo. Porque me sentía más suyo que de nadie, llamado a soledades y contemplaciones que me estaban reservadas en la espera. Me alejé unos pasos y volví la cabeza por comprobar si mis huellas latían sobre el hielo publicando mi camino. Luego, confusamente, busqué otros recreos que me consolaran. Y de pronto, vistas así, al amparo silencioso de la noche, las ventanas encendidas del salón parroquial me devolvieron asombros imposibles allí dentro: los del mundo apagado bajo las estrellas, los de las casas recogidas, los de los rumbos inciertos hacia el fondo de la noche, los de los montes tendidos a lo lejos, los del humo afilándose como un susurro blanco por las chimeneas. Cerré los ojos y así esperé, arrodillado como un orante, hundido en un sueño que no sé cuánto duró. Hasta que, lentamente, el corazón fue haciéndose músico para despertar.

Del otro lado de la calle llegaban las notas de un villancico. La melodía amortiguada se afianzó un momento al colarse por el hueco de la puerta. Enmarcada en un umbral luminoso la estatura magnífica de Baltasar hacía una reverencia. Renuncié a mi ferviente cortesía: me levanté y retrocedí unos pasos para ocultarme. En medio del ardor de los cantores yo sentía flaquear mi propósito inmediato de presentarme ante aquel rey que abanicaba una mano para despedirse.

Desde mi rincón de sombra le oí dar un suspiro cuando la puerta quedó cerrada a sus espaldas. Miró alrededor y se echó a andar levantando un poco el manto. Solo y grave, sin otro testimonio de su marcha que mi vigilancia escondida, el que apenas fuera espejismo de una multitud encerrada volvía a ser el errante secreto que ordenaba con sus pasos los rumbos de la noche. Yo lo seguía, temeroso de hacer ruido. Y, poco a poco, a medida que nos alejábamos, se fue perdiendo el rumor del mundo, tibio y confuso en una nana de Belén.

Las andanzas del rey y mis andanzas iban secretas por aceras enfrentadas. En algún momento contuve el paso para no alcanzarlo por mi lado. Me pareció que cojeaba. Tan pendiente iba de su avance que tropecé yo. Sentí que el mundo entero se derrumbaba con estruendo mas él siguió sin inmutarse. Yo quería manifestarme de una vez ante aquel gran dueño del Oriente, llevarle la capa por las puntas, pero, viéndolo andar tan caviloso, me mantenía furtivo en mi sendero. Las constelaciones giraban por encima de nosotros y parecía que fuesen a aplastarnos contra el suelo, tan claras eran sus hegemonías en medio de la noche. Y bajo las órbitas remotas, sobre una acera sembrada de farolas, el reinante entraba en penumbras y volvía a pisar charcos de luz con paso entrecortado. Pensé que en una de esas providencias de sombra, entre fanal y fanal, el rey de la Polar desaparecería para siempre.

Semejante a una tramoya abandonada, más increíble que el príncipe de Arabia que me iba por delante, surgió al fondo de la noche el edificio ruinoso de la estación. Miré atrás y vi lejísimos la última casa del pueblo, falleciente en una luz también remota. Tuve miedo de seguir. Inmóvil, vi alejarse al rey, lo vi hacerse pequeño, languidecer hasta confundirse con la nada. Me quedé atendiendo a la tiniebla, lleno de avidez. Y en el remanso oscuro de aquellas afueras del mundo, era posible oír la respiración de los planetas pero no los pasos del errante.

No sé cuánto tiempo estuve sin moverme, perdida la temeridad de gritar el nombre del que ahora ya no estaba. Dudaba de mi voz, tanto rato ahogada en sus propósitos. Unos pasos más allá, deslumbrada por la luna, la vía parecía un espejismo que guardaba las ausencias. Creo que la melancolía me inspiraba: con llegarme hasta el raíl y acercar la oreja al hierro helado podría recuperar los pasos del rey recién partido. Y a punto de decidirme, todas mis resoluciones y temores, todo mi desasosiego y mi necesidad, quedaron suspensos ante el sonido de una voz.

–¡Rapaz, ven aquí!

Yo sabía que era el Gran Dueño de Arabia el que llamaba, ¿quién si no, desde aquella hondura por la que había ido a perderse poco antes? Pero no pude dar un paso. No hay como ceder a la maravilla para temer por su verdad.

–¡Rapaz! –volvió a llamarme la voz, y noté algo de impaciencia en la reclamación.

Eché a andar lo más ligero que pude, previniendo encuentros en la oscuridad con un brazo adelantado. Y no habría dado ni cuatro pasos firmes cuando una luz redonda brilló en la lejanía. Como a los Magos, pensé, también a mí me guiaba una estrella. Aquel ojo pálido iba creciendo a medida que yo me aproximaba y metro a metro se fue desnudando la noche para revelar, a la luz de una linterna suspendida de un gancho, los perfiles laboriosos de la máquina del tren. Sentado en la marquesina de la locomotora, resplandeciente en su trono bañado por la luz, el Señor de Arabia me hacía señas para que me acercase.

–Sácame las botas, rapaz, hazme el favor, que no estoy para doblarme.

Frente a mí, proyectándose desde las holguras de la túnica, se me ofrecía una pierna estirada a la que ponía remate una vieja bota de goma, llena de reguerones negros.

–¡Tira con fuerza! –me animó.

Yo tiré con incredulidad y cuando se me instó a descalzar el otro pie tiré ya con desasosiego: aquellas botas eran idénticas a las que se ponía mi padre para entrar en la mina. ¿Dónde estaban las babuchas rizadas con sus campanillas de espuma? Las demás desavenencias con la ilusión fueron manifestándose en un doloroso desorden exaltado por la luz de la linterna que colgaba sobre nuestras cabezas: el mono de labor visto y no visto entre los ropones de fábula, la camiseta sucia que asomó furtivamente tras la apertura de un botón, la barba rampante, encaramada a la nariz para que la mano calmase picores en la papada, los dedos de los pies agitándose como gusanos enloquecidos que buscaran el aire bajo la prisión del calcetín. Y aquel discurso tan poco digno de un gran príncipe oriental:

–Ya sabrás lo que son juanetes, rapaz, cuando crezcas un poco.

Alcé los ojos de aquellos pies deformes para mirar al que profetizaba y descubrí que aún no había visto lo peor: solo era negro hasta media frente. Sin el turbante airoso que lo coronara bajo las estrellas, una calva muy blanca brilló bajo el ojo de la linterna. Se me puso un dolor horrible en el estómago. De pronto eran fiables las habladurías, justa la obscena incredulidad de los amigos que tanto me abrumaba.

–¡Tú no eres Baltasar! –grité desconsolado y furioso, con lágrimas ya traicionando la firmeza de la voz. 

El hombre se había estirado para sacar algo de un rincón de la máquina. Las manos regresaron a la luz trayendo una boina que se caló esmeradamente antes de replicar.

–Buena gana. Yo soy Macario el maquinista.

Las lágrimas se abrían camino ya imparables y, avergonzado de llorar, aunque no fuera en presencia de la majestad de un rey de Oriente, volví la cara. Qué sé yo cuántas angustias y decepciones, cuánta desolación y cuánto agravio se me agolparon entonces para resolverse en un gesto de desesperación. Cogí una piedra e hice ademán de arrojársela con rabia. Después la dejé caer, me di la vuelta y eché a andar con los puños apretados.

Aún me veo caminando con un nudo en la garganta que me impedía tragar, el corazón latiendo tristezas y los ojos descuidados por vez primera de los asedios que las estrellas le ponían a la noche por encima. Me sorbí los mocos pero lo que me llenó los oídos no fue el alivio ruidoso de aquella necesidad sino el silbato de la máquina invadiendo con su aullido largo y estridente las tinieblas. Me volví sobresaltado y, a la luz de la linterna, turbio entre mis lágrimas, vi a Macario haciéndome señas exaltadas para que me detuviera. Llevaba puesto de nuevo el turbante, había cerrado la túnica sobre el mono azulón y la barba volvía a rodearle la boca. Cuando me vio quieto y mirándolo, se escupió las manos y con un pulso lleno de tensión empezó a tirar de una palanca con mucha lentitud. Y entonces la noche se incendió: por la chimenea de la máquina empezaron a salir chispas como una inundación que ponía el aire incandescente. Nunca había visto nada igual. Hubo un momento en que aquel aliento de pavesas rojas y amarillas se hizo tan espeso que parecía un árbol, un tronco ardiente que hendiera la noche y se disgregase en muchas puntas que decaían en un desmayo fogoso, como agujas menguantes de luz que volvían a la tierra para apagarse. Entre las ruedas, la locomotora respiraba con furia vapor hacia los lados. Se emborronaban los charcos de hielo junto a la vía con aquel aliento blanco y en su marea pasajera naufragaban las estrellas reflejadas. Rigiendo aquellas ceremonias Macario oscilaba sobre la marquesina y daba vueltas, riéndose como un loco de su gobierno febril sobre el fuego y el vapor. Cualquiera que lo hubiese visto habría dudado si era un rey o un demonio quien danzaba.

Por segunda vez aquella noche obedecí al reclamo de la voz que me llamaba. Regresé al lado de Macario como volvieron las chispas al vientre oscuro de la máquina, después de que él trajera la palanca a su reposo inicial. Al abrigo de la cabina, aprovechando la brasa del carbón moribundo en la caldera, asamos castañas y bebimos vino por turno, de la misma botella.

–¿Sabes cómo se llama esto? –me preguntaba Macario señalando al lugar donde las castañas iban dorándose–. Caja de fuego –se respondía él mismo–. Y allí adelante, debajo de la chimenea, va la caja de humos.

Cada vez que yo echaba un trago, Macario se reía con ganas y le brillaba como un sol nocturno el diente de oro bajo el betún negro de la piel. En aquella habitación modesta de la locomotora, sofocado y feliz, yo me sentía huésped de un palacio nocturno reservado solo a los amigos de su dueño. Hablamos mucho de trenes de vapor, de túneles que cruzan montañas, de guardafrenos. Poco a poco, lleno de admiración, yo iba aprendiendo nombres y conociendo deberes del oficio. A cierta hora eché mano a la botella y alzándola antes de beber, anuncié con fervor que me haría maquinista. Macario me quitó la botella de las manos.

–Arrea ya, condenao, no vayan a ponerte falta en casa.

«Lo primero para ser maquinista es la puntualidad!», le oí gritar a mi espalda. Bajo las estrellas, a oscuras, corrí sin un tropiezo.

Entré por la cocina con una resolución impropia del retraso. Si mi madre tenía intención inmediata de castigarme debió aplazarla ante la sorpresa de mis atrevimientos: me senté a la mesa con una energía que amenazó con volcar la silla al dejarme caer, me adelanté a probar de la cazuela sin dejar que ella hubiera servido primero, me limpié la boca con el dorso de la mano después de beber. Desde la cabecera mi padre me miraba con gravedad. Yo creo que me notó el vino.

–¿Viste al rey? –preguntó después de un gran silencio.

–No. Estuve todo el rato con abuela –respondí sin vacilar.

–¿Y qué hiciste tanto tiempo allí? –intervino mi madre, recelosa.

–Rezar el rosario.

Se miraron desconcertados. Creo que a mi padre le habría dado la risa de no ser por el disgusto de mi madre, que empezó a quejarse amargamente de tanta falta de respeto a mi edad. Me mandaron a la cama. Lo último que oí cuando se cerró la puerta del pasillo fue que a los niños mentirosos los Reyes solo les traían carbón, que me fuera preparando.

Entré con tiento para no despertar a mi hermana que estaría dormida en la cama de al lado, pero la oí llorar en la oscuridad. Encendí la luz de la mesita.

–¿Qué te pasa? –le pregunté acariciándole el pelo. Aún se notaba la fiebre.

–No quiero que te traigan carbón –sollozó.

Fue entonces cuando empecé a entender aquello que decía mi abuela de los nudos, los nudos de la vida. Porque, viendo llorar a mi hermana por mi culpa, se me puso uno en la garganta que hacía pequeño el que me había atosigado un rato antes a mí, al saber de las falsas trazas del rey. Pero es ahora, tantos años después de aquella víspera, cuando las cuentas del rosario que mi abuela traía siempre entre las manos descubren toda su virtud. Y llega tan cierta su estela como recién soñada. Sentado junto a la cama de mi hermana aquella víspera de Reyes, yo fui por un instante esa cuenta de cristal que hace de frontera entre dos misterios para anudarlos casi sin sentir: el de la infancia herida en sus certezas y el de la mayoridad más crédula que nunca. Y yo, habitante de las dos orillas aquella noche, quise ser fiel a la fábula para ir y venir sin engaño por ambos reinos.

Metí una mano en el bolsillo y saqué una castaña.

–Toma –le ofrecí a mi hermana–. Si te duermes con ella encerrada en el puño, no hay miedo de que los Reyes me traigan carbón.

Se incorporó con ligereza en la cama y abrió mucho los ojos para contemplar la castaña en la palma de su mano.

–Está asada –pareció vacilar.

–Es que cruda no hace efecto –se me ocurrió.

Me miró con una intensidad casi dolorosa. Luego, empezó a cerrar el puño con tal delicadeza sobre la castaña que su custodia parecía más propia de una gema. Cuando estuvo de nuevo recostada cerró los ojos. Le di un beso en la mejilla y me quemó en los labios la sal, ya serena, de una lágrima. Cautivo de tanto crédito, no supe contenerme.

–Me la dio el rey Baltasar –le susurré al oído.

Y apagué la luz.

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